El efecto de la visita papal: entre el impacto económico y la proyección global

Más allá del efecto económico y reputacional para el anfitrión, los viajes de los pontífices incorporan una dimensión social y simbólica muy relevante, aunque difícil de medir

Foto: IStock

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La próxima visita del papa León XIV a España, que comienza hoy y finalizará el próximo 12 de junio, vuelve a situar en el centro del debate una cuestión recurrente: ¿qué impacto real tiene un viaje apostólico, no sólo a efectos religiosos, sino también económicos y sociales, entre otros? 

Más allá de su dimensión religiosa, las visitas papales se han consolidado como fenómenos con implicaciones económicas, sociales y geopolíticas de gran alcance. En el caso español, las previsiones apuntan a un impacto notable, aunque inferior al de grandes citas anteriores. Según estimaciones de ObservaTUR, la visita podría generar entre 90 y 125 millones de euros en actividad económica directa vinculada al turismo religioso, una cifra que pone de manifiesto el dinamismo de un sector con capacidad sostenida de movilización y gasto. 

El impulso económico

La primera consecuencia visible de una visita papal es el incremento del flujo turístico. En esta ocasión, ciudades como Madrid, Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife ya registran una presión creciente sobre su capacidad hotelera. En la capital, la ocupación hotelera ronda el 80% durante los días centrales de la visita, mientras que la tarifa media ha experimentado incrementos cercanos al 8%. Este comportamiento responde a la lógica habitual del mercado ante eventos de alta concentración de visitantes.

A ello se suma el denominado impacto indirecto. Las estimaciones iniciales sitúan el impacto total —incluyendo transporte, consumo y servicios asociados— en torno a los 240 millones de euros. Bajo este prisma, cada euro invertido en la organización del evento podría generar en torno a seis euros de retorno.

No obstante, el perfil del peregrino introduce matices. A diferencia del turista convencional, su gasto medio suele ser más contenido, al estar orientado principalmente a la experiencia comunitaria más que al consumo. Como en otros grandes eventos internacionales, diversos análisis advierten además del riesgo de sobreestimar el impacto económico, especialmente cuando una parte significativa de los asistentes opta por alojamientos de menor coste o reduce su nivel de gasto durante la estancia. 

La comparación con la visita de Benedicto XVI en 2011 permite contextualizar las cifras actuales. Aquella ocasión, enmarcada en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), generó un impacto económico estimado en 354 millones de euros, muy superior al previsto ahora. La diferencia responde a la escala del evento: la JMJ congregó a millones de jóvenes de todo el mundo, multiplicando el efecto económico. Más recientemente, la JMJ celebrada en Lisboa en 2023 elevó aún más estas cifras, con un impacto estimado de entre 411 y 564 millones de euros de valor añadido, confirmando la capacidad de este tipo de eventos para actuar como auténticos motores económicos a gran escala.

La visita de León XIV, en cambio, presenta un formato más distribuido —cuatro sedes en siete días— que, si bien amplía el alcance territorial del impacto, limita la concentración masiva de visitantes.

El “efecto escaparate”

Más difícil de cuantificar, pero clave en el medio y largo plazo, es el impacto en términos de imagen y proyección internacional. Las visitas papales funcionan como una potente herramienta de diplomacia pública y, en este sentido, operan también como instrumentos de poder blando capaces de reforzar el posicionamiento de los países anfitriones en el escenario global.

Durante los días de la visita, España se convierte en foco mediático internacional, con la presencia de cientos de periodistas y una cobertura global que actúa, de facto, como una campaña de promoción turística de alto valor. Actos como la misa en la Sagrada Familia o los encuentros institucionales proyectan una imagen del país asociada a valores como el patrimonio cultural, la cohesión social o la convivencia. 

Uno de los momentos centrales previstos en la agenda será la celebración en la Sagrada Familia de Barcelona, con un acto de alto valor simbólico vinculado a la culminación de la Torre de Jesucristo. La imagen —de fuerte carga icónica— está llamada a tener una amplia difusión en medios internacionales y plataformas digitales, generando lo que diversos analistas describen como un “efecto vitrina”: una forma de proyección global equivalente a una gran campaña publicitaria de alcance internacional.

Impacto social y espiritual

Más allá de las variables económicas y reputacionales, las visitas papales incorporan una dimensión social y simbólica que resulta más difícil de medir, pero no por ello menos relevante. En términos generales, este tipo de acontecimientos no suele traducirse en un incremento sostenido de nuevas adhesiones, sino más bien en un efecto de reactivación interna: fieles menos vinculados que retoman la práctica religiosa, un aumento puntual de la participación comunitaria y, en algunos casos, un ligero repunte de vocaciones a corto y medio plazo.

En paralelo, estos viajes refuerzan determinados marcos discursivos en torno a cuestiones como la cohesión social, la migración o la solidaridad, alineados con las prioridades del pontífice. Según lo previsto, la agenda de León XIV incluye encuentros con colectivos vulnerables y proyectos de integración, gestos que contribuyen a subrayar la dimensión humanitaria del viaje.

Lejos de limitarse al ámbito estrictamente litúrgico, la visita de León XIV vuelve a poner de relieve que el papado mantiene, en pleno siglo XXI, una notable capacidad de movilización colectiva y de influencia simbólica. Una combinación singular de tradición, cultura y proyección internacional que explica, en buena medida, la relevancia de este tipo de visitas en el contexto contemporáneo.