De la esperanza al exilio: la década perdida del presidente Hadi en Yemen

Durante su presidencia no logró conducir al país hacia la democracia —que muchos esperaban tras la caída de Saleh— ni detener una guerra que truncó millones de vidas

El fallecido presidente yemení, durante una visita a Rusia en 2013./ Foto: bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International

El fallecido presidente yemení, durante una visita a Rusia en 2013./ Foto: bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International

Abdelrabo Mansur Hadi, quien fuera presidente de Yemen durante una década hasta el año 2022, fallecía hace unos días en su residencia de Riad a los 80 años. Hadi estuvo al frente de un débil gobierno respaldado por Arabia Saudí, el cual dirigió, en gran medida, desde el exilio. 

Antiguo general del ejército yemení formado en academias militares de Inglaterra, Egipto y la Unión Soviética, Hadi llegó a la presidencia en el año 2012 tras haber desempeñado por largo tiempo un discreto papel como vicepresidente de Ali Abdullah Saleh, cuyos 33 años en el poder concluyeron a consecuencia de las revueltas originadas durante la Primavera Árabe, a las que se sumó el creciente malestar de amplios sectores de la sociedad yemení. 

Las dificultades durante su mandato no se hicieron esperar. Apenas unas horas después de su toma de posesión en Saná -tras unas elecciones en las que fue candidato único y obtuvo el 99 % de los votos- un atentado suicida de AQAP, la rama yemení de Al Qaeda que ya por aquel entonces controlaba extensas zonas del sur de Yemen, provocó la muerte de 26 soldados en la ciudad portuaria de Al Mukalla. Este brutal ataque sería el preludio de lo que se avecinaba: una brutal guerra civil que, hasta la fecha, ha causado más de 375.000 muertos y una crisis humanitaria sin precedentes. 

Muchos coinciden en que el punto álgido de la presidencia de Hadi -y el que más esperanzas suscitó de evitar el conflicto total que posteriormente estallaría- fue la Conferencia de Reconciliación Nacional, impulsada por el propio presidente en el año 2013 con el objetivo de sentar las bases de un nuevo pacto político para Yemen. El proceso contó con el respaldo de las Naciones Unidas y fue descrito por el entonces enviado especial de la ONU, Jamal Benomar, como “un momento histórico”. Sin embargo, las divisiones internas, sumadas al rechazo de los hutíes del norte y de los separatistas del sur al plan federalista propuesto, acabarían por frustrar las expectativas, dándose por agotado el proceso en febrero del 2014. 

Pocos meses después, en un giro de guion inesperado, los hutíes, apoyados por el expresidente Saleh, en una alianza tan inesperada como circunstancial, dieron un golpe de estado y, en septiembre de 2014, tomaron Saná, ocupando varios ministerios y precipitando la dimisión de Hadi y su posterior huida, primero a Adén y, luego, a Riad. Desde el exilio, Hadi solicitó la ayuda de varios países árabes para recuperar el poder. La respuesta fue la creación de una coalición liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, la cual lanzó en marzo de 2015 la operación Tormenta Decisiva, concebida con el doble objetivo de restaurar el gobierno de Hadi y frenar el avance hutí. Esta intervención terminaría internacionalizando el conflicto y transformando una crisis política interna en una guerra civil devastadora. 

A medida que el conflicto se enquistaba, el gobierno de Hadi fue perdiendo relevancia política. Desde Riad, el presidente dirigía una administración cada vez más alejada de la realidad yemení. Diversos observadores denunciaron frecuentes cambios ministeriales, luchas internas por el reparto de poder y prácticas de nepotismo que recordaban a las del régimen de Saleh, siendo numerosos cargos públicos ocupados por personas procedentes de Abyan -provincia natal de Hadi-, así como por sus familiares y allegados. 

A Hadi también se le reprochó el no haber intervenido en cuestiones que podría haber abordado con relativa facilidad desde Arabia Saudí, como el flagrante caso de expulsión de decenas de miles de trabajadores yemeníes del país debido a la saudización destinada a sustituir a los trabajadores extranjeros por ciudadanos nacionales. Las remesas enviadas por estos trabajadores constituían para muchas familias -e incluso comunidades enteras- en Yemen una fuente esencial de ingresos en un país devastado por la guerra. Sin embargo, Hadi apenas utilizó su influencia con su anfitrión, el rey Salmán, para velar por los intereses de sus compatriotas.  

Otro de los aspectos más controvertidos de su presidencia fue su respaldo a la campaña militar de la coalición internacional. Aunque inicialmente muchos yemeníes vieron en esta intervención una oportunidad para frenar el avance hutí, con el paso de los años se hizo evidente que los bombardeos no lograrían una victoria decisiva. Mientras tanto, hospitales, carreteras, fábricas y otras infraestructuras vitales del país sufrían daños irreparables. Además, las críticas hacia Hadi aumentaban conforme crecía la percepción de que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos estaban desarrollando agendas propias en Yemen sin apenas supervisión por parte del gobierno al que supuestamente apoyaban.

El enorme coste humano de la guerra, unido a su impacto económico y al cambio en las prioridades estratégicas de Arabia Saudí, acabó alterando el tablero político. La distensión de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán -principal soporte de los rebeldes hutíes-, junto con el interés del príncipe heredero Mohamed bin Salmán por concentrar recursos en su Visión 2030, impulsó la búsqueda de una salida negociada al conflicto que pasara por un relevo en el liderazgo yemení. Así, en abril de 2022, tras una tregua auspiciada por Naciones Unidas con los hutíes, Hadi renunció a la presidencia, traspasando sus poderes a un Consejo de Liderazgo Presidencial, encabezado por uno de sus antiguos asesores, Rashad al-Alimi. 

Poco después de partir al exilio, Hadi expresó su deseo de ver algún día un Yemen unificado y gobernado de nuevo desde su capital histórica. Sin embargo, en los diez años que duró su presidencia, no logró conducir a su país hacia la transición pacífica y democrática que muchos esperaban tras la caída de Saleh, ni tampoco consiguió detener una guerra que ha truncado la vida de millones de personas. Su legado permanecerá, tristemente, ligado a una década de oportunidades perdidas.