Semejante asociación se escapa a la cotidianeidad de la viva ciudadana. Aunque hay que reconocer que cada vez se hace evidente en algunas personas; y no solamente por las abultadas facturas de la electricidad doméstica. Ya no nos sorprende conocer aquello referente al clima sobre lo que llama la atención el sistema Copérnicus de la Unión Europea.
A saber: Casi todo el continente europeo (al menos el 95%) registró temperaturas anuales superiores a la media en 2025; varios países del norte de Europa experimentaron el año más cálido o el segundo más cálido de su historia; la zona de Europa que soporta días de invierno con temperaturas bajo cero se está reduciendo y en 2025 se situó muy por debajo de la media; cinco de los años más cálidos registrados en Europa se han producido desde 2019, y diez desde 2014.
Sigamos en lo que Copernicus llama «Eventos». En resumen dice así: En 2025, las tormentas e inundaciones en Europa causaron al menos 21 muertes y afectaron a unas 14 500 personas. Los incendios forestales causaron al menos tres muertes más y afectaron a unas 500 personas; las olas de calor llegaron en Europa desde el Mediterráneo hasta el Círculo Polar Ártico, incluyendo la segunda ola de calor más severa registrada en Europa en julio; las tormentas y las inundaciones afectaron a algunas zonas de Europa, pero en general las precipitaciones extremas y las inundaciones fueron menos generalizadas que en los últimos años.
Debemos preguntarnos si todo este cúmulo de datos, que son el reflejo del clima cotidiano, «nos salen gratis». No es necesario ser muy avispado para al menos conjeturar que no es posible. Así es, llevan consigo una alta carga económica.
Contabilizados todos los riesgo climáticos -inundaciones, sequías, incendios, olas de calor o enfermedades relacionadas con el calentamiento global- supondrían traducidos en euros, en una estimación muy conservadora, un descenso del 7 % del PIB de la UE de aquí a finales de siglo. Comparémoslo con el porcentaje del gasto público dedicado a educación en el conjunto de la UE. Recuerdo que Euronews alertaba de que este gasto en la Unión Europea cayó en 2022 al 4,66 % del PIB, el nivel más bajo desde 2013. Datos ofrecidos por la Comisión Europea de 2023 a los que se tiene acceso fácil, Investing in Education, recogen que en ese año suponían el 4,7 % del producto interior bruto (PIB) por término medio, con variaciones entre los Estados miembros. En España, el 4,56 % para 2024, excluidos los datos financieros. Lo muestra el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. No encuentro datos fiables para 2025, pero parece que rondarán en los mismos porcentajes del PIB.
Salgámonos de los canales oficiales de gestión y busquemos información en otros cauces. Leo en el informe sobre “Cambio climático y crecimiento económico: el impacto en las próximas décadas” del banco BBVA dos extremos dignos de consideración. De un lado “La inacción ante el cambio climático afecta negativamente al crecimiento económico potencial”; de otro “A largo plazo el cambio climático no es neutral para el PIB, podría ser positivo”. Como síntesis excesivamente simplificada se podría concluir de sus estudios que “en ausencia de acción política, el cambio climático puede actuar como un choque negativo de oferta sobre el PIB potencial. Sin embargo, con una adaptación eficaz y una transición limpia ordenada, puede convertirse en un viento de cola a largo plazo”.
El estudio alude a que existe un amplio consenso en que un cambio climático no mitigado reduce el PIB potencial de las economías. Ya lo anticipaba un informe de la OCDE de 2015 (Economic Consequences of Climate Change). Estimaba unas pérdidas de entre el 1 % y el 3,3 % del PIB mundial en 2060 y de entre el 2 % y el 10% en 2100; en el actual escenario de altas emisiones de GEI y con una adaptación demasiado limitada en muchos países.
A la vez que constataban la realidad, los economistas del estudio suponían como probable que un cambio climático no gestionado generase una brecha negativa amplia y creciente del PIB potencial con respecto al escenario de referencia. A la vez, apuntaban que cabría la posibilidad de que “si se concertasen unas estrategias tempranas, ambiciosas y bien gestionadas de mitigación y adaptación podrían dar lugar a un impulso positivo más gradual a largo plazo, con efectos de arrastre en toda la economía a través de la innovación y la inversión privada en capital”.
Pero claro, cuando afirmaban esto el señor Trump no había lanzado su guerra contra Irán, que lleva camino de convertirse en una pesadilla humanitaria y económica. La OCDE también metió la mano en la hucha “económicoambiental”. Asegura que “las estrategias integradas de clima y crecimiento pueden elevar el PIB del G20 hasta en torno a un 2,8 % en 2050, y casi un 5 % si se incluyen los daños evitados. Además, pueden generar ganancias incluso a corto plazo (alrededor del 1 % del PIB) cuando las políticas impulsan la inversión verde y reciclan de manera eficiente los ingresos procedentes de la descarbonización”. Repetimos lo de “estrategias combinadas” porque hay que centrarlas de distinta manera en países pobres, que apenas incentivaron el cambio climático, con las de los países ricos, que son los mayores responsables de la actual situación.
La conferencia de Bonn de junio de 2026, preparatoria de la COP21, arrancaba marcada por intensas peticiones de los países en vías de desarrollo, que exigen a las potencias industrializadas la financiación necesaria para mitigar el calentamiento global. Según denuncia Alianza por el clima, “las negociaciones entre sesiones celebradas en Bonn durante las últimas dos semanas, cuyo objetivo era preparar los textos de negociación para la próxima COP31 en Turquía, han concluido con la incapacidad de los países para avanzar en tres de los cuatro paquetes mandatados. Solo se logran avances en transición justa, que recoge parte de las posiciones de los países. Aunque siguen pendientes muchos debates, este paquete ha podido salvarse gracias a las cesiones de los países para debilitar las menciones a la vinculación del programa con la reducción de emisiones y a la necesidad de asegurar recursos para su puesta en funcionamiento. Para la sociedad civil “queda mucho trabajo de cara a la COP31 para poder definir un mecanismo capaz de acelerar una transición justa y proveer de los medios necesarios para hacerla efectiva”.
Tamaña contundencia deja en suspenso aquel objetivo de hacer del planeta un lugar más habitable. Esto es debido a que los detentadores del poder económico nunca han creído que se puede/debe ayudar a que cada día más personas vivan mejor que el anterior, que la biodiversidad global no se vaya reduciendo. Además, no cuentan de la misma forma los dineros climáticos en los países pobres y en los ricos. Para acabar ilustremos el asunto con un
titular sacado del periódico El Economista (18/04/2026): El cambio climático podría reducir a la mitad el potencial de crecimiento del PIB mundial.








