Poca gente ha podido decir que ha entrado en el Museo del Louvre y ha salido, por las bravas, con las obras de arte que iba a buscar. En concreto, se han documentado 3 robos —el último el 19 de octubre de 2025— y una “recuperación”, absolutamente legal, de bienes artísticos e históricos expoliados a España durante la ocupación de las tropas napoleónicas. El protagonista de esta última: Miguel Ricardo de Álava y Esquivel, general y diplomático.
Recién nombrado embajador en París gracias a su amistad con el duque de Wellington, el general De Álava recibió una orden directa del rey Fernando VII tras los escasos avances —en realidad, ninguno— de las negociaciones del embajador Pedro Gómez Labrador en el Congreso de Viena para que a España le fuera devuelto el patrimonio artístico robado por las tropas invasoras francesas.
La operación de De Álava fue, en comparación, un verdadero éxito, mezcla de táctica militar y estrategia diplomática de otro de los muchos personajes olvidados de la historia de España.
Miguel Ricardo de Álava fue uno de los militares más extraordinarios que dio España en el siglo XIX. Para empezar fue el único que participó y sobrevivió a las dos principales batallas de los guerras napoleónicas: Trafalgar, en la que luchó con el bando hispano-francés; y Waterloo, donde estuvo del lado del duque de Wellington. Tal cambio de bando no se basó en su interés personal, sino en el servicio que en cada momento tuvo encomendado y consideró justo.
Lo mismo le pasó cuando el propio Fernando VII que le concedió títulos y honores, le persiguió por sus ideas liberales tras la restauración absolutista y, acto seguido, le nombro embajador en Francia a petición de su amigo Wellington. Vaivenes bastante normales en el convulso siglo XIX español.
Volviendo a París, y visto que por las buenas no se iba a conseguir ninguna devolucion, el cambio de táctica se produjo el 23 de septiembre de 1815. De Álava, flamante jefe de la Misión española en Francia, se presentó en el museo parisino para recuperar las obras robadas por las tropas francesas —pinturas de Murillo, Zurbarán, Velázquez o Tiziano, entre otros— durante la invasión de España.
Álava, educadamente, pidió previamente permiso al rey Luis XVIII para recuperar los bienes robados por los soldados franceses. Bastante pusilánime —y un poquito acobardado—el monarca francés respondió que “ni lo doy, ni me opongo”.
Con tan críptica respuesta, Álava entendió que tenía permiso y, acompañado de 200 soldados británicos y prusianos que le prestó su amigo el duque de Wellington, se plantó por las bravas en el museo. Las protestas de su director, Viviant Denon —un personaje que formó parte de la “comisión” que seleccionó las obras que debían expoliarse en España— solo sirvieron para retrasar 24 horas la recuperación, sobre todo porque había congregado a una muchedumbre de parisinos muy hostiles en las puertas del museo.
Como no estaba la cosa para provocar un baño de sangre, Álava decidió una retirada táctica tras recuperar apenas una docena de obras. Pero al día siguiente, temprano, volvió. Y esta vez se hizo con más de 280 obras, tras amenazar con vaciar literalmente la pinacoteca si Vernon seguía oponiéndose.
El francés entendió el mensaje. Esta vez no estaba en el bando vencedor, sino todo lo contrario, y tampoco había podido congregar al populacho, como el día anterior. En resumen, no podía resistirse más y Álava recuperó, sin ninguna violencia, 300 obras del patrimonio español que fueron empaquetadas en 13 cajones y enviados a Amberes, donde se embarcaron hacia España. Se eligió esta ruta para evitar atravesar Francia, donde el convoy podía ser asaltado en cualquier momento.
Entre las obras recuperadas están la «Sagrada Familia» de Rafael y «El Sueño del patricio Juan» de Murillo. Pero no todos los bienes saqueados pudieron ser recuperados, como pasó con los que robó personalmente el mariscal Soult. Por ejemplo, el “San Juan exorcizando al demonio”, de Alonso Cano, o “San Basilio dictando su doctrina”, de Francisco Herrera ‘el viejo’, continuan en el Louvre.
Otras, como “Abraham y los tres ángeles”, de Murillo; “la Inmaculada Concepcion”, de Velázquez; o “El tributo al César”, de Tiziano, se exhiben en la National Gallery, ya que los ingleses aprovecharon a su vez la definitiva derrota napoleónica para saquear los museos galos, de los que tambien se llevaron piezas como la “piedra Rosetta”. Las «civilizadas» potencias del siglo XIX no dejaron de saquearse mutuamente en décadas.
Miguel Ricardo de Álava y Esquivel fue diputado y presidente de las Cortes, pero seguramente su mayor satisfacción fue que la Academia de Bellas Artes de San Fernando le nombrase académico de honor por sus “gestiones” para la recuperación de las obras de arte saqueadas por las tropas de Napoleón. Gracias a ello, el Museo del Prado es hoy una de las principales pinacotecas del mundo.








