El incremento del presupuesto militar ruso para sostener la guerra contra Ucrania sostiene un crecimiento del 1% de su PIB pero arroja dudas sobre su futuro económico
Cuatro años después de comenzar la invasión de Ucrania, la economía de Rusia se encuentra en una fase de transición en la que destacan la capacidad de adaptación que ha demostrado a corto plazo y las profundas incertidumbres que la acechan a medio y largo plazo.
Sostenida por su abundancia de recursos naturales y una fuerte presencia del Estado, la estructura económica rusa se ha visto sometida a presiones externas sin precedentes, gastos militares desorbitados, una inflación creciente y una considerable pérdida de poder adquisitivo de su población, mermada además por las bajas en la guerra y la salida de cerca de un millón de personas.
La guerra contra Ucrania ha supuesto un incremento constante del porcentaje del PIB ruso destinado a Defensa en todos los ámbitos. No sólo en lo referido estrictamente a la guerra sino tambien, por ejemplo, para fortalecer sus fronteras con el flanco oriental de la OTAN después del ingreso en la Alianza de Suecia y Finlandia.
En 2022, al comenzar la guerra, el gasto militar del Kremlin era 6% de su PIB. En 2023 subió al 6,7% y en 2024 aumentó al 8,5%. En 2025 ese porcentaje se ha situado ya en el 10%, es decir 250.000 millones de dólares, según un análisis del BND. El servicio de inteligencia alemán concluye, no obstante, que el presupuesto militar ruso ha aumentado realmente un 66% respecto a 2022. Unas cifras que el Kremlin rebaja notablemente ya que no contempla en sus cuentas partidas como la financiación de su complejo industrial militar.
Entre tanto, el Producto Interior Bruto no ha crecido al mismo nivel. Según datos del Banco Mundial, en 2023 y 2024 aumentó, respectivamente, un 4,1% y un 4,3%. Datos que ponen de manifiesto cómo ha operado en términos macro la ‘economía de guerra’ del país, ya que en 2022 su PIB se contrajo un 1,4%. Es decir, la producción militar —ademas de la exportación de hidrocarburos (aunque sus precios estén limitados y sometidos a sanciones)— sostiene la economía rusa, aunque arroja también grandes incertidumbre sobre su futuro cuando la guerra termine.
La paradoja de que el aumento del gasto militar esté impulsando la economía rusa a corto plazo plantea interrogantes sobre su sostenibilidad. El crecimiento impulsado por el gasto público y la industria militar tiende a ser menos eficiente y menos productivo a largo plazo, además de desviar recursos de sectores civiles clave como la educación, la innovación y la infraestructura.
El presidente Vladimir Putin reconoció el pasado mes de diciembre, en una intervención televisada, que la economía rusa sólo crecería un 1% en 2025, aunque matizó que la ralentización del crecimiento era “una acción consciente del Gobierno, vinculada con el control de la inflación”.
El mensaje de Putin iba destinado a tranquilizar a la población sobre la estabilidad de la economía, a pesar del enorme gasto que supone la ‘operación militar especial’ en Ucrania. Por ello insistió en que el objetivo principal de sus política macroeconómicas es el control de la inflación “al menos hasta el 6%” y la reducción del déficit público al 1,6% en 2026.
Para ello, el gobierno ruso está utilizando políticas monetarias restrictivas, controles de capital y una rápida reorientación del comercio exterior. Los datos, en todo caso, muestran una economía que ciertamente ha evitado el colapso pero depende en gran medida de factores como los precios de la energía, el gasto público y sus nuevas alianzas estratégicas.
El efecto de las sanciones
Las sanciones impuestas por la Unión Europea y Estados Unidos (sin contar con la reciente decisión de Donald Trump de levantar las restricciones a las exportaciones de hidrocarburos), junto con la reconfiguración de sus relaciones comerciales, han dado lugar a un nuevo modelo económico ruso, redirigido hacia Asia y menos integrado en el sistema global tradicional. Sin embargo, este cambio no está exento de riesgos, especialmente en términos de dependencia, innovación y crecimiento sostenible.
No se puede decir, por tanto, que Rusia sea una economía en declive inmediato, sino una economía en transformación, aunque todavía incierta. Su futuro, según diversos analistas, dependerá de su capacidad para equilibrar resistencia, adaptación y modernización en un entorno internacional cada vez más complejo y fragmentado.
La economía rusa se enfrenta a importantes desafíos estructurales. Entre ellos, la caída de la inversión extranjera directa, la limitada diversificación económica y la dependencia tecnológica del exterior. Las restricciones al acceso a semiconductores y tecnologías avanzadas afectan negativamente a sectores estratégicos, limitando el potencial de crecimiento a largo plazo. Y, no menos importante, la emigración de trabajadores cualificados tras el inicio del conflicto ha generado una fuga de capital humano que puede tener efectos negativos a largo plazo.
Rusia busca nuevos mercados en Asia
Rusia es una de las principales potencias energéticas del mundo. El sector de hidrocarburos representa aproximadamente entre el 30% y el 40% de los ingresos fiscales del país, y cerca del 60% de sus exportaciones totales. Esta dependencia convierte a la energía no solo en un motor económico, sino en una herramienta geopolítica clave.
Antes de 2022, alrededor del 40% del gas consumido por la Unión Europea provenía de Rusia, lo que evidenciaba una interdependencia significativa. Sin embargo, esta relación se roto tras la imposición de sanciones, obligando a Rusia a redirigir sus exportaciones hacia otros mercados, principalmente en Asia.
China se ha convertido en el principal socio comercial de Rusia, representando aproximadamente el 30%–35% de su comercio total. Por su parte, India ha incrementado significativamente sus importaciones de petróleo ruso, aprovechando descuentos de entre el 20% y el 30%.
Este proceso ha venido acompañado de una reducción del uso del dólar en las transacciones internacionales y un aumento del uso de monedas locales, lo que contribuye a una tendencia más amplia de desdolarización parcial en el sistema económico global.
No obstante, esta reorientación también implica riesgos, especialmente la creciente dependencia de China, que adquiere una posición dominante en la relación bilateral, en un contexto internacional en transformación. Rusia ha pasado de ser un socio energético clave de Europa a convertirse en un actor central en un eje euroasiático emergente. Este cambio tiene implicaciones significativas, como la intensificación de la competencia geopolítica, la reconfiguración de las cadenas de suministro y el cuestionamiento del orden económico basado en el dólar.
