La Isla de los Faisanes: geometría diplomática hispano-francesa

El pequeño islote en el centro del Bidasoa, es el condominio más pequeño del mundo y ha sido escenario de momentos históricos decisivos para ambos países

Cuadro de Jacques Laumosnier de la entrevista entre Luis XIV y Felipe IV en la Isla de los Faisanes en 1659. / Dominio público / Jacques Laumosnier - http://www.altesses.eu/imgmax/2d82273f8e.jpg

Cuadro de Jacques Laumosnier de la entrevista entre Luis XIV y Felipe IV en la Isla de los Faisanes en 1659. / Dominio público / Jacques Laumosnier - http://www.altesses.eu/imgmax/2d82273f8e.jpg

¿Qué tienen en común diplomacia y geometría? Aparentemente, nada. Sin embargo, con escuadra y cartabón en mano se han delimitado fronteras. Y, como en el caso que nos ocupa, también se han trazado espacios de negociación, como ocurrió en 1659 en la Isla de los Faisanes, en la frontera hispano-francesa que marca el río Bidasoa.

Mediados de octubre de 1659. En el contexto de la Guerra de los Treinta Años, España y Francia negocian el fin de las hostilidades que las han desangrado desde 1635. El valido de Felipe IV, el IV Conde-Duque de Olivares, Luis Méndez de Haro, se sienta frente al cardenal Jules Mazarino, ministro principal de Luis XIV, tras asegurarse de que la mesa que comparten descansa sobre la mitad exacta de la isla de los Faisanes —tambien conocida como “de la Conferencia” o “de los Diplomaticos”— “a fin de que no pareciese que un primer ministro de España trataba de paz fuera de su territorio”.

Los planos levantados en aquellos momentos demuestran la precisión que ambas partes pusieron en delimitar los territorios y en construir los pabellones en los que se negoció el final de lo que muchos historiadores han considerado la primera verdadera guerra mundial —mucho antes que la de 1914-1918— y que implicó a todas las potencias europeas en prácticamente todos los rincones del planeta.

Grabado sobre los preparativos para la firma de la Paz de los Pirineos en 1659./ Archivo Municipal de Irún

El argumento de Méndez de Haro no era un mero capricho. Los reyes franceses, por la presión de los pescadores de Hendaya, trataron siempre de aprovechar cualquier oportunidad para reclamar su soberanía sobre la mitad del Bidasoa. Pero siempre tuvieron la misma respuesta por parte española: todo lo que el agua cubría era de España. Así se lo dijo Enrique IV a Luis XI por primera vez en 1463. Y el galo tuvo que responder: “Vos decís verdad”. Fin de la historia, de momento.

En 1659 el equilibrio de poder en Europa estaba cambiando, pero la Isla de los Faisanes seguía en el mismo sitio. Y el rey Luis XIV seguía soportando la presión de los pescadores de Hendaya para que solucionase su problema, aprovechando ahora su posición de fuerza frente a España.

La Isla de los Faisanes, sin embargo, era indudablemente “española” a ojos de los habitantes de Hondarribia, cuyos representantes hicieron firmar a la parte francesa un acta en la que constaba que la Isla era propiedad de esa villa y que se cedía su uso en aquel momento sólo “temporalmente para acto tan relevante”. En todo caso, nadie perdía de vista que cualquier cesión en torno a la isla tendría consecuencias para delimitar dónde podrían faenar los barcos franceses y españoles.

El 7 de noviembre de ese año, después de 24 reuniones, Méndez de Haro y Mazarino, cada uno en su lado de la isla, firmaron el Tratado de los Pirineos. Al año siguiente, fueron los monarcas de ambos países, Luis XIV y Felipe IV, quienes ratificaron presencialmente los 124 acuerdos, y otros 8 artículos ‘secretos’, reuniéndose en el pabellón “hecho en la Isla llamada de los Faisanes, situada en el Río Bidasoa, a media legua del Lugar de Andaya en la Provincia de Guiena, y otro tanto de Irún, Provincia de Guipúzcoa, en la Casa construida en la dicha Isla para el presente Tratado, a 7 de Noviembre de 1659”.

En resumen, las distancias y los detalles importaban, y mucho, aunque en algún caso hubiera que hacer excepciones. Los puentes establecidos específicamente para el paso de los reyes y sus séquitos siguieron también estrictas normas, aunque admitiendo que el puente francés tuviera algunas barcazas más, dado que la distancia a su orilla era mayor que la que separaba la isla de España. Pero sólo eso. 

Volviendo a los ‘artículos secretos’, destacan dos particularmente importantes: el quinto, que establece la boda de la infanta María Teresa con el rey Luis XIV, que finalmente será la causa del fin de los Austrias en el trono español; y el octavo, que prevé el nombramiento de una comisión para solventar las diferencias de soberanía que enfrentaban desde siglos atrás a las ciudades de Hendaya y Hondarribia.

Mientras que la boda real se celebró sin mayores problemas aquel mismo día, el caso es que ni siquiera el famoso artículo octavo pudo hacer que España cediera a las pretensiones de Luis XIV. Las disputas sobre la propiedad del río se extenderán prácticamente dos siglos más, hasta 1856, cuando ambas partes firman el primero de los Tratados de Límites —o de Bayona— que fija las fronteras a lo largo de los territorios de Guipúzcoa y Navarra.  

Ahí empieza la historia moderna de una isla que, por no tener población, ni siquiera tiene faisanes, a pesar de su nombre. Ni los hubo ni los hay. En realidad, el nombre es un error de traducción. Originalmente llamada Isla de Pausu —en euskera, el “paso” donde se cobraban los peajes—, el nombre evolucionó a Paussans —los que pasan—y de ahí los franceses lo reinterpretaron como Faussans y después como Faisans, que en español se tradujo, lógicamente, como Faisanes. Nadie se hizo preguntas y todos aceptaron un nombre que, ciertamente, era falso, pero más bonito.

Vista aérea de la Isla de los Faisanes, con Hendaya a la izquierda e Irún a la derecha. En el centro se aprecia el monolito conmemorativo del Tratado de Bayona.

El Tratado de 1856 puso fin a los desacuerdos sobre la soberanía del Bidasoa y de la propia Isla de los Faisanes. En su artículo 27 se estableció que “pertenecerá pro indiviso a España y a Francia”, lo que la convirtió en el condominio más pequeño del mundo. También se fijó como límite el centro de la corriente principal del río en marea baja y se permitió la navegación sin distinciones por todo el río, eliminándose la antigua cláusula por la que los franceses tenían prohibido pescar con barcos de quilla.

Despoblada y con apenas 80 metros de largo y 5 de ancho, en aquel momento la histórica isla parecía abocada a desaparecer. Pero los gobiernos de entonces, los de Isabel II y Napoleon III, se comprometieron a realizar los trabajos necesarios para su conservación. Una costumbre que aún se mantiene y cuya responsabilidad recae sobre los ayuntamientos de Irún y Hendaya.

Actualmente, el islote mide 224 por 41 metros y está presidido por un monolito que conmemora el Tratado de Bayona, con el texto en francés orientado hacia el norte y en español hacia el sur. En sus 7.000 metros cuadrados actuales no se permite el paso a nadie. Solo pueden entrar los jardineros de Irún y Hendaya, que se ocupan de su limpieza, y los militares de las respectivas comandancias de Marina, que cada 6 meses —1 de febrero y 1 de agosto— llevan a cabo la ceremonia oficial de traspaso. 

Por supuesto, tampoco se permite ningún tipo de construcción en la isla. Parece una perogrullada, pero ocurrió en 1609. El entonces Señor de Urtubia quiso apoderarse de la isla y comenzó a hacer algunas obras en ella, hasta que se encontró con que los vecinos de Hondarribia, armas en mano, le obligaron a desistir. Aviso a navegantes, por si acaso.