Era noviembre de 1995 y tuve la ‘suerte’ de compartir hotel con William J. Clinton. No piensen que soy un creído ni voy alardeando de nada. ‘Compartí’ hotel porque el entonces presidente de Estados Unidos se desplazó a Belfast para asistir al encendido del árbol de Navidad y mostrar su apoyo al proceso de paz en Irlanda del Norte. Y a mi me tocó ir a cubrirlo, que para eso me pagaban.
Dicho de paso fue la única vez que pude ver en directo a uno de mis favoritos, Van Morrison. El ‘León de Belfast’ también participó en esa memorable jornada y consiguió que muchos soltasen, soltásemos, unas cuantas lágrimas cuando interpretó ‘Days Like This’ ante una multitud que empezaba a ver más cerca el fin de los ‘troubles’.
El caso es que yo andaba por allí para cubrir esa visita, y casualmente estaba alojado en el hotel Europa, donde el presidente y toda su comitiva se quedaron durante una noche. Que conste que yo hice la reserva antes, que si no, me hubiera tenido que ir a dormir a Derry, como poco.
A lo que voy con esta introducción es a la perplejidad que me ha causado ver como el último sujeto que ha intentado asesinar a Donald Trump —ya van tres— ha pasado por el arco detector de metales instalado en el hotel donde se estaba celebrando la tradicional Cena de Corresponsales. No ha hecho gala de sofisticación. Tampoco de una especial velocidad. En todo caso, ha jugado con la sorpresa. Y en Estados Unidos empiezan a oírse voces que manifiestan serias dudas.
Déjenme volver Belfast. Lo que recuerdo de aquella vez es que yo —alojado en el mismo hotel de Clinton, como dicen ahora del atacante de Trump— ni siquiera podía acceder al lobby si la delegación norteamericana todavía no había asegurado al matrimonio presidencial en su habitación. Me tenía que quedar en la calle hasta que todo estuviera despejado. Y desde luego que no podía acceder, bajo ningún concepto y en ningún momento, a los pisos —creo recordar que bloquearon 5 plantas— ocupados por la delegación norteamericana.
No digo que mientras Trump estuviera en el salón donde se celebraba la cena no se permitiera el acceso al hotel sino, como les relataré a continuación, que el servicio de seguridad en aquellos días no se relajó en ningún momento. Algo que —es evidente en las imágenes de seguridad— si se nota en el incidente de la cena de corresponsales. Hubo relajación, y mucha.
Lo que vi aquellos días en Belfast contrasta mucho con la forma en que, como se aprecia en los vídeos, un solo individuo —un profesor probablemente muy bueno en sus materias pero seguramente con escasa formación militar— ha sido capaz de atravesar, como un cuchillo la mantequilla, un control de metales en el que había al menos 6 o 7 agentes de seguridad armados hasta los dientes.
Sorprende que Cole Allen comience su carrera a la vista de todos ellos, que solo reaccionan cuando el sujeto pasa el arco y parece que dispara contra uno de los agentes. Ninguno desenfunda su arma hasta que se le ve desaparecer de la pantalla, mientras se aprecia una notable confusión hasta que algunos comienzan a perseguirle.
Estoy seguro de que eso no hubiera pasado durante la estancia de los Clinton en Belfast. Y lo estoy porque, además de que ni al Sinn Fein, ni a los Unionistas, ni a nadie le interesase un atentado contra Clinton, el mayor despliegue de agentes de seguridad norteamericanos que yo había visto hasta ese momento no se permitió un segundo de relajación. En aquellos agentes se veía concentración, tensión y un claro reparto de funciones. No había resquicio para la improvisación o el despiste.
No creo que se pueda describir de la misma forma el suceso del hotel Washington Hilton. Donald Trump, sorprendentemente para su forma de actuar, ha reaccionado con extrema tranquilidad. Ha dicho que los agentes hicieron un “buen trabajo” y , eso sí, ha aprovechado para reivindicar su futuro Salón de Baile en la Casa Blanca para celebrar estos eventos.
Y ahí ha quedado todo. No parece el presidente demasiado preocupado por el hecho de que un mero civil haya logrado romper el perímetro de seguridad con una carrera más corta que la de un ‘wide receiver’ del fútbol americano. Pero seguramente en los próximos días comenzaremos a escuchar preguntas incómodas sobre lo ocurrido.
Nota del autor: el FBI hizo públicas ayer, 30 de abril, las imágenes en alta resolución del incidente. Debo puntualizar que en ellas se ve a un agente, sólo a uno, disparando al menos 4 veces contra el asaltante. Este artículo fue escrito al día siguiente de los hechos, así que mi afirmación de que «nadie desenfunda», basada en las primera imágenes que se vieron, no es cierta. Por contra, en las nuevas imágenes se ve mucho más claro cómo Cole entra en escena por una puerta que parece de servicio, en la que acaba de entrar otra persona, un hombre no identificado, y de la que se acaba de apartar un agente uniformado con un perro. Sin pretender formar parte de ninguna secta ‘conspiranoica’, me temo que en estos días vamos a escuchar muchas preguntas sin respuesta. Vean las imágenes y saquen sus propias conclusiones.
