CELAC: la voz propia de América Latina y el Caribe en un mundo en cambio

El bloque actúa como interlocutor regional ante actores como la UE, China y otros países de Asia, África y Oriente Medio, lo que refuerza su proyección exterior como colectivo

Nacida en 2011 como espacio de concertación política sin Estados Unidos ni Canadá, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños reúne hoy a 33 países y más de 600 millones de personas. Entre avances diplomáticos, ambiciones de integración y límites estructurales, la CELAC busca consolidarse como actor regional con proyección global.

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es el intento más amplio y ambicioso de la región por hablar con una sola voz. Reúne a los 33 Estados soberanos de América Latina y el Caribe, excluyendo a Estados Unidos y Canadá, y funciona como un foro intergubernamental de diálogo político y cooperación. Su objetivo: fortalecer la unidad regional, coordinar posiciones comunes y proyectar a la región en un escenario internacional cada vez más fragmentado.

La idea tomó forma en febrero de 2010, durante la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe celebrada en Playa del Carmen (México), cuando los gobiernos acordaron crear un mecanismo propio que integrara experiencias previas como el Grupo de Río y la Cumbre de América Latina y el Caribe (CALC). El proceso culminó en diciembre de 2011, en Caracas, con la firma de la Declaración de Caracas, que dio nacimiento formal a la CELAC como “mecanismo representativo de concertación política, cooperación e integración”.

Desde entonces, la CELAC ha atravesado distintas etapas. Tras un arranque marcado por el entusiasmo integrador, celebró cumbres anuales de jefes de Estado y de Gobierno y adoptó declaraciones de fuerte carga simbólica. La más destacada fue la proclamación de América Latina y el Caribe como “Zona de Paz” en 2014, un compromiso colectivo con la solución pacífica de controversias y el respeto al derecho internacional.

El funcionamiento del organismo refleja su carácter flexible y no supranacional. No cuenta con una secretaría permanente ni con presupuesto propio. La coordinación recae en una Presidencia Pro Tempore, que rota cada año entre los Estados miembros, apoyada por reuniones de cancilleres, coordinadores nacionales y grupos técnicos sectoriales. Las decisiones se toman por consenso, lo que garantiza igualdad soberana, pero también limita la rapidez y profundidad de los acuerdos.

En cuanto a su agenda, la CELAC abarca un abanico amplio: desarrollo social, erradicación del hambre, educación, ciencia y tecnología, igualdad de género, lucha contra la corrupción, migraciones, cambio climático o integración energética. Uno de sus proyectos más concretos ha sido el Plan de Seguridad Alimentaria, Nutrición y Erradicación del Hambre, impulsado con apoyo de organismos como la FAO y la CEPAL, que convirtió la seguridad alimentaria en prioridad regional.

El mayor impacto de la CELAC, sin embargo, se ha producido en el terreno diplomático. El bloque actúa como interlocutor regional frente a otros actores internacionales. Las cumbres CELAC–Unión Europea, el Foro CELAC–China —lanzado en 2015— y los diálogos con países y regiones de Asia, África y Oriente Medio han reforzado la proyección exterior de América Latina y el Caribe como actor colectivo. En un contexto de tensiones geopolíticas y crisis del multilateralismo, esta capacidad de interlocución conjunta es uno de sus principales activos.

Aun así, los resultados económicos son más modestos. La CELAC no es un bloque comercial ni establece normas vinculantes de integración económica. El comercio intrarregional sigue siendo bajo —en torno al 14 % de las exportaciones totales— y las propuestas para avanzar en pagos en monedas locales, infraestructuras compartidas o cadenas regionales de valor avanzan lentamente.

Las divisiones políticas internas han sido otro obstáculo. Entre 2018 y 2019 no se celebraron cumbres presidenciales, y en 2020 Brasil suspendió temporalmente su participación, alegando falta de eficacia. La posterior reactivación del mecanismo, con cumbres en México, Buenos Aires y Tegucigalpa, y la reincorporación plena de Brasil, mostraron tanto la fragilidad como la resiliencia del foro.

La X Cumbre, celebrada en Bogotá en marzo de 2026, simbolizó ese esfuerzo de continuidad. Bajo la presidencia pro tempore de Colombia, los países renovaron su compromiso con la integración regional, el multilateralismo y la cooperación Sur-Sur, y traspasaron la coordinación a Uruguay, en un intento de dar estabilidad a la agenda común.

Más de una década después de su creación, la CELAC es, a la vez, un logro político y un proyecto inacabado. Ha demostrado que la región puede coordinarse y proyectarse unida en el exterior, pero también ha evidenciado las dificultades para traducir declaraciones en políticas concretas. Su futuro dependerá, en gran medida, de la voluntad política de sus miembros para dotarla de mayor continuidad, recursos y prioridades claras. En un mundo en transformación, la CELAC sigue siendo el principal espacio donde América Latina y el Caribe ensayan su aspiración histórica de unidad en la diversidad.