El helio y la geopolítica invisible de la ciencia también pasan por el estrecho de Ormuz

Este gas noble sirve para refrigerar aceleradores de partículas y sincrotrones, además de ser indispensable para la fabricación de semiconductores y sistemas aeroespaciales

Túnel del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) en la frontera franco-suiza./ Foto: CERN

Túnel del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) en la frontera franco-suiza./ Foto: CERN

Más allá del petróleo y el gas, el estrecho de Ormuz sostiene una parte menos visible pero crítica de la economía global. Cuando la seguridad de este paso estratégico se ve comprometida, los efectos se extienden más allá de los mercados energéticos, quedando también expuestas cadenas de suministro esenciales para el funcionamiento de la ciencia, la industria tecnológica avanzada y los sistemas de salud. 

Por Ormuz transitan productos derivados y gases industriales que sostienen cadenas de valor altamente especializadas. Entre ellos, el helio ocupa una posición singular. Se trata de un gas noble, químicamente inerte y no renovable, extremadamente ligero, cuyo valor reside en su capacidad para licuarse a temperaturas cercanas al cero absoluto —0 kelvin, equivalente a −273,15 °C—. Esta propiedad lo convierte en un recurso esencial para la criogenia avanzada (la generación y el mantenimiento de temperaturas extremadamente bajas), donde se necesitan niveles de refrigeración que ningún otro gas puede proporcionar de forma estable

El helio se obtiene casi en su totalidad como subproducto del gas natural. Debe separarse y recuperarse durante el propio proceso de tratamiento del gas, ya que, si no se extrae en origen, se dispersa en la atmósfera y no puede recuperarse posteriormente. Al concentrarse una parte importante de su producción en Qatar, el transporte del helio hacia los mercados internacionales depende en gran medida del tránsito marítimo en la región del Golfo.

A esta concentración geográfica se suma una complejidad adicional: el helio no es fácil de transportar ni de almacenar. Para poder utilizarse en sus aplicaciones críticas, debe licuarse y mantenerse a temperaturas extremadamente bajas, lo que exige infraestructuras criogénicas especializadas y un elevado consumo energético. Su tamaño atómico, además, facilita las fugas a través de microimperfecciones en los materiales, lo que obliga a sistemas de contención mucho más exigentes que en otros gases industriales. A ello se añade su bajísima energía de vaporización, que provoca pérdidas constantes por evaporación, incluso en condiciones controladas, y limita la capacidad de almacenamiento. 

A pesar de estas limitaciones, el helio resulta difícilmente sustituible en determinados ámbitos debido a sus excepcionales propiedades. Su uso es esencial en las grandes infraestructuras científicas y tecnológicas que operan cerca del cero absoluto o que requieren condiciones de funcionamiento extremadamente estables, como los aceleradores de partículas, los sincrotrones o los proyectos experimentales de fusión, donde se emplea para refrigerar imanes superconductores. Resulta también indispensable en las máquinas para realizar resonancias magnéticas, en etapas críticas de la fabricación de semiconductores, así como en determinados sistemas aeroespaciales. Aunque en los últimos años se han producido avances en eficiencia y recuperación, estos siguen siendo insuficientes para sustituir el helio a corto plazo.

En definitiva, esta combinación de dependencia y falta de alternativas rápidas convierte el caso del helio en un ejemplo especialmente claro de diplomacia científica. A diferencia de otros recursos estratégicos, no existe un marco internacional específico dedicado exclusivamente a su regulación. Su disponibilidad sigue dependiendo del ritmo de producción del gas natural y de unos pocos yacimientos, y no puede ajustarse con rapidez a las necesidades de hospitales, centros de investigación o industria avanzada. 

En la práctica, esto obliga a coordinar de forma continua decisiones entre gobiernos, reguladores, grandes infraestructuras científicas, centros sanitarios y empresas proveedoras, actores que rara vez aparecen en el debate público, pero que resultan imprescindibles para que infraestructuras críticas sigan funcionando en contextos de creciente inestabilidad.


Fuentes: U.S. Geological Survey (USGS), informes Mineral Commodity Summaries: Helium (2025–2026); Centre for Materials and Resilience, Helium Supply and the Strait of Hormuz Crisis (2026); Chemical & Engineering News; manuales y literatura técnica en criogenia industrial y física aplicada.