Tengo un vecino que no entiende la importancia de que un papa, en este caso León XIV, visite un país. “¿Para qué? Si a mí no me va a convertir”, dice, y se va farfullando algo incomprensible. Me quedo pensativo. El razonamiento no tiene muchos matices. En realidad, ninguno. Pero, dejando a un lado consideraciones religiosas o económicas, supongo que no es fácil comprender los vericuetos de la diplomacia vaticana.
Mucha gente no acaba de procesar el concepto diplomático del ‘poder blando’ —una aparente contradicción— y menos todavía si se asocia a la Iglesia católica. Para quienes piensan así, el poder es duro, es fuerte. Y en política, la fuerza lo es todo. Al menos eso es lo que está de moda. Pero no es cierto. Lo vemos día a día en las guerras en marcha. La fuerza, por abrumadora que sea, no garantiza la victoria.
El Vaticano no tiene grandes ejércitos, su territorio es minúsculo, no es una potencia nuclear, no invierte en armas de última generación. Tampoco impone sanciones económicas, ni tiene una industria poderosa, ni entra en pujas por tierras raras. Entonces ¿qué poder tiene, si no puede imponer su fuerza militar ni su potencia económica?
El verdadero poder del Vaticano reside es su influencia. Para empezar, sobre 1.406 millones de católicos distribuidos por todo el mundo y que suponen casi el 18% de la población mundial. Indirectamente, su influencia se extiende tambien a otras ramas del cristianismo, que agrupan en total a casi 1.000 millones más de personas, y a cualquier ser humano, independientemente de sus creencias, a los que se puede convencer simplemente con una buena dosis de sensatez.
Se puede argumentar, y es cierto, que la Iglesia romana no siempre ha sido un ejemplo. De acuerdo, pero reconozcamos su valor para toda la humanidad cuando puede tenerlo. Y, como es el caso, no demos por amortizado que, por ejemplo, este papa no podrá hacer nada para dar satisfacción a las víctimas de abusos pasados.
No obstante, el Vaticano no puede, ni debe, intervenir en ningún proceso electoral, pero es indudable que cualquier opinión expresada por el Santo Padre, acaba siendo potencialmente ‘peligrosa’ para un político ‘populista’ porque sus fieles siempre estarán dispuestos a seguir las señales de su guía, en este caso el papa. Y eso es tambien poder.
Para entender mejor la fuerza de la diplomacia vaticana veamos qué paso en el año 2000 con los medicamentos contra el sida. La Santa Sede consiguió convencer a los países desarrollados para que permitieran llevar parte de la producción a países en desarrollo, sin recursos para pagar patentes a las poderosas compañías farmacéuticas. Eso es ‘soft power’.
Alzar la voz por los más desfavorecidos en cualquier parte del mundo, oponerse a la proliferación armamentista, y apoyar la acción misionera no son exclusivamente meros actos de caridad sino demostraciones de diplomacia pública en tiempos en los que vemos cómo muchos gobierno están retirando su ayuda al desarrollo de los países más pobres.
Entendiendo que cuestiones como estas afectan a todos los seres humanos —ya sean musulmanes, judíos, budistas o ateos recalcitrantes— es obvio que quien las plantea en público recibe, al menos, una dosis de aprobación incluso de parte de quienes no son sus correligionarios ni comparten nacionalidad, pero que perfectamente podrán compartir su argumento.
Y eso, en cierto modo, puede ir conformando una coalición de sensatez transfronteriza que ponga al ser humano en el centro y frene los intentos de los tecnoligarcas de controlar todos los resortes de la sociedad en aras de sus objetivos económicos.
Si de algo está haciendo gala León XIV es de sensatez. No llegó a la Cátedra de San Pedro por casualidad, sino por lo que sus colegas de la Curia ya sabían de él como hombre dialogante al que le gusta escuchar a todo el mundo, como ya ha empezado a demostrar en esta visita.
En un mundo en el que muchos dirigentes valoran la fuerza y la imposición por encima del diálogo, es esperanzador ver que el papa de Roma puede ser capaz de tejer acuerdos de buena voluntad y señalar los peligros de una tecnología mal utilizada. Robert Prevost no parece hombre que se muerda la lengua. Y esa voz sensata y serena, pero firme, es lo que le hace falta al mundo en tiempos de zozobra. Se lo digo como agnóstico convencido, que es lo que soy.







