“El derecho debe servir al bien; la justicia poner límites a la fuerza; el poder necesita legitimidad; los pobres pertenecen plenamente a la comunidad; el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad; y la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”, dijo el papa durante su intervención ante las Cortes Generales. Al final de su intervención, aplausos y acuerdo general de todo el espectro político con sus palabras.
En algo más de media hora, el pontífice dejó claro que entender y aplicar a la palabra “dignidad” todo su significado es esencial si se quiere construir una sociedad justa y equilibrada. Y precisó que “la dignidad, la justicia y el bien común deben ser la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”.
Y en este punto, se remontó a la Salamanca del siglo XVI, donde se forjó la que calificó como “una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral”. Una contribución, añadió, “compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza”.

León XIV trajo ese debate moral que se plantearon los juristas y eclesiásticos de la escuela salmantina a los tiempos actuales, para subrayar que “hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social”.
Y por ello advirtió que, si bien el progreso ofrece posibilidades admirables, “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza«. Por eso, “ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común”, concluyó.
León XIV dijo por ello que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana” y advirtió que su convivencia “puede verse amenazada por la cultura del descarte”. Ante ello, se preguntó: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?
El pontífice hizo, ante ello, una defensa sólida de toda vida humana “que debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia” y lamentó “el trágico drama migratorio, que interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”.
El papa criticó, sin nombrarlas aquellas posturas que rechazan la acogida de migrantes. “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”.

Por ello reclamó “una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos” y “fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral”.
Tras advertir que “el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca”, Robert Prevost subrayó que “en el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”.
Terminó señalando que “el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana”.








