Y dijo el Oráculo, o sea, Sánchez: “Presentaremos los presupuestos en 2026 y habrá elecciones en 2027 y no habrá elecciones conjuntamente con las municipales y las autonómicas”. Y creyentes y ateos, propios y extraños, se maravillaron de lo que escuchaban. Y el Oráculo, o sea, Sánchez, añadió con enigmática sonrisa: “La realidad es muy dinámica, Carlos”.
Todos siguieron maravillados, pero un poco más confusos. Nadie preguntó quién era Carlos. Mucho menos preguntaron por el “dinamismo” de la realidad. “Es obvio: la realidad es dinámica, claro, claro; la realidad se mueve, debe ser eso”, se decían unos y otros en sus respectivos sanedrines, sin saber bien qué había querido decir el Oráculo o intuyendo que, llegado el caso, ya haría él lo que le diera la gana.
El Oráculo habló y nadie discutió sus palabras porque, de una forma o de otra, va a tener razón. Los acólitos siempre tuvieron claro que al jefe no se le contradice porque para eso es el jefe y además sabe mucho más que todos ellos. Los enemigos no variaron su táctica porque, si utilizaban la táctica de la inmovilidad, no se notaría que necesitaban tiempo para descifrar el arcano. Lanzarse a criticar al Oráculo sin datos ya fue suicida en otras ocasiones.
Así que nadie preguntó que pasaría si los manoseados Presupuestos Generales del Estado (PGE) —los de 2027, claro— no se aprobaban. ¿Convocaría Sánchez elecciones en 2026 si las Cortes rechazaban sus PGE? Depende, dijeron sus exégetas. No se atreverá, dijeron los fariseos que le acosaban, aunque con la esperanza de que lo hiciera. El Oráculo mantuvo la sonrisa. Enigmática, sí.
Así que tampoco nadie tuvo la osadía de hacerle jurar —aunque fuera por Snoopy— que las elecciones generales, pasase lo que pasase, se programarían para el verano de 2027. Porque lo que Sánchez había dicho siempre fue: “Agotaré la legislatura”. ¿Y qué es agotar la legislatura? ¿Llegar al último día desde las elecciones o desde la constitución de las Cortes? ¿O convocarlas en enero porque, al fin y al cabo ya estaremos en 2027, el último año de la legislatura?
En realidad, el Oráculo no dijo nada que no se supiera. Hagamos la lista de la compra para comprobarlo: 1) ¿Presentará los PGE en 2026? Sí, eso es fácil; 2) ¿Se aprobarán? Den por seguro que no; 3) ¿Habrá elecciones en 2026 o 2027? Salvo verdadera catástrofe judicial para el PSOE y sus familiares apuesten por 2027; 4) ¿Cuándo? ¿En julio, en febrero o en marzo, como ya especula algún medio de ‘izquierdas’? Eso es hilar muy fino pero, voto arriba o abajo, tampoco tendrá mucha trascendencia; 5) ¿De verdad que las elecciones no coincidirán con las autonómicas y locales? Eso está claro: no. Sería el suicidio definitivo del PSOE en los pocos bastiones locales que le quedan. Así que ya pueden quitar mayo del calendario electoral de Pedro Sánchez.
Pero todo eso se sabía ya, incluso que “la realidad es dinámica”. El caso es que con un futuro cerrado a seis meses vista, el PSOE muestra cada vez mayor desesperación y el PP una ansiedad infinita. A mi portera le dan pena porque, como me dice, “hijo, qué mala cara se les está poniendo a todos”. Y tiene razón.
Unos sufren porque tendrán que dejar el poder y sus prebendas. Pero es que algún día debía tocarles, ¿no? ¿No es la alternancia la base de una democracia sana? Los otros tambien sufren porque no ven el momento de desalojar a quien fue más listo que ellos para ganar apoyos en el Congreso. Y siguen presentando mociones en el Congreso que está por ver quién apoyará. En todo caso, ¿hay mucha diferencia entre febrero y julio de 2027? Y ¿merece la pena seguir dando esa triste imagen de pordiosero político a la búsqueda de la limosna de nacionalistas y extremistas?
Más allá de situaciones políticas o procesales coyunturales, cuando miro a la calidad política actual, tengo la sensación de que el sistema sólo se sostiene por el sentido tribal que tenemos los ciudadanos/votantes. A veces tengo la sensación de que, cuando hablo de política con alguien, en realidad estoy hablando de fútbol. Somos hinchas de la política, aunque lo neguemos. Nuestro equipo/partido siempre tiene razón. Nuestro equipo/partido sale al campo/parlamento a arrasar, no a convencer. Nuestro equipo/partido lo hace todo bien y, por supuesto, nuestro capitán es el mejor líder del mundo. Si los demás no aceptan todo esto, nos decimos los integrantes de la horda que —ya que son fundamentalmente inferiores y no se merecen gobernar, ni ahora ni nunca— habrá que hacerles entrar en razón, si es necesario a la fuerza.
Eso nos pone delante una reflexión preocupante: si el objetivo de los políticos es arrasar al adversario por todos los medios, si su objetivo como partidos es perpetuarse en el poder pase lo que pase, la democracia será su próxima víctima, la víctima de toda una sociedad que permite esta deriva. Ya lo está siendo. Lo vemos cada vez en más países donde avanzan propuestas ‘populistas’ basadas en gritar más alto propuestas descabelladas. Y siguen creciendo.
Para estos neopolíticos, la democracia no es ese sistema en el que se concede con amabilidad la victoria al adversario, se le desea lo mejor para sus cuatro años de gobierno y se le advierte de que se le hará una oposición firme pero leal y educada. La democracia, para ellos, es el sistema del que se pueden aprovechar para hacer lo que quieran, incluso delinquir, sin que eso tenga consecuencias para ellos (pregúntenle a Trump, por ejemplo).
El caso es que seguimos como estábamos, si se acuerdan. Los socios del presidente del Gobierno siguen deshojando la margarita y la oposición mantiene la presión. Todo según lo previsto: las elecciones en 2027. El Oráculo ha hablado. De momento.








