Donald Trump no se había olvidado de Groenlandía. El presidente de Estados Unidos volvió a la carga el martes, nada más comenzar la cumbre de la Alianza Atlántica en Ankara. «Groenlandia debería estar controlada por EEUU y no por Dinamarca”, dijo unos minutos antes de reunirse con su amigo, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y de la cena de gala con la que el anfitrión quería recibir a sus invitados.
¿Es posible que una vasta extensión de hielo, históricamente aislada y remota, se convierta en uno de los ‘casus belli’ de Trump contra sus aliados europeos y en el epicentro de la geopolítica mundial del siglo XXI? Lo que antes era un desierto gélido custodiado por el silencio de los glaciares vuelve a ser hoy el tablero donde las grandes potencias —Estados Unidos, China y Rusia— mueven sus piezas con una urgencia sin precedentes. Groenlandia ya no es solo la isla más grande del mundo; es la llave de un Ártico que se deshiela y que promete alterar el comercio global, la seguridad militar y el suministro de minerales críticos para el futuro tecnológico.
Un viejo anhelo de las barras y estrellas
Para muchos, la idea de comprar Groenlandia lanzada por Donald Trump meses atrás sonó a boutade, pero cabe recordar que ya en 2019 realizó una oferta de compra similar que en aquel entonces se tomó por una excentricidad o por un anacronismo del siglo XIX. Sin embargo, para Washington, el interés por la isla no es una ocurrencia mediática, sino una constante histórica dictada por la geografía. El control de Groenlandia ha sido una pieza fundamental en la doctrina de seguridad estadounidense desde hace más de un siglo.
Ya en 1867, el mismo año en que EE.UU. compró Alaska a Rusia, el Departamento de Estado exploró la posibilidad de adquirir Groenlandia por su importancia estratégica y sus recursos pesqueros. No obstante, el momento crítico llegó con la Segunda Guerra Mundial. Tras la ocupación de Dinamarca por la Alemania nazi en 1940, Estados Unidos asumió la protección de la isla para evitar que se convirtiera en una base de la Luftwaffe desde la cual atacar la costa este americana.
Al finalizar el conflicto, en 1946, el presidente Harry S. Truman ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por la isla. Aunque Copenhague rechazó la oferta, la Guerra Fría consolidó la presencia militar estadounidense mediante la construcción de la Base Aérea de Thule (hoy Base Espacial Pituffik). Situada a medio camino entre Washington y Moscú, Groenlandia permitía el despliegue de radares de alerta temprana esenciales para detectar misiles balísticos intercontinentales. La isla nunca ha dejado de estar en el radar del Pentágono; simplemente, el foco de la amenaza ha cambiado de nombre.
Rutas marítimas y tierras raras
El cambio climático está transformando Groenlandia en un territorio de oportunidades económicas sin precedentes. El retroceso de la capa de hielo, aunque sea una pésima noticia en lo que respecta al cambio climático, está abriendo «ventanas» de navegación que antes eran imposibles de imaginar. El deshielo del Ártico promete habilitar nuevas rutas comerciales que podrían reducir hasta en un 40% el tiempo de transporte entre Asia y Europa en comparación con el Canal de Suez, posicionando a Groenlandia como base logística obligatoria en el corazón de las nuevas autopistas marítimas.
Por otra parte, la isla posee un gran potencial de tierras raras y otros minerales críticos esenciales para la fabricación de vehículos eléctricos, aerogeneradores y smartphones. Esto rompería el monopolio de China sobre las tierras raras, un factor que explica por qué Pekín ha intentado financiar infraestructuras portuarias y aeroportuarias en la isla, lo que ha levantado todas las alarmas en Washington.
El nuevo tablero geopolítico
El valor geoestratégico de Groenlandia hoy trasciende su ubicación física; se ha convertido en el símbolo de la competencia entre grandes potencias. Rusia ha reactivado bases militares de la era soviética en el Ártico, militarizando la región a un ritmo que preocupa a la OTAN. China, por su parte, busca en Groenlandia una base para sus ambiciones polares.
Ante este escenario, Estados Unidos ha reaccionado con una diplomacia hiperactiva. La reapertura de su consulado en la capital, Nuuk, en 2020 y los paquetes de ayuda económica directa son señales claras de que Washington no permitirá que otras potencias llenen el vacío de influencia en su «patio trasero» septentrional. Groenlandia es hoy lo que el Golfo Pérsico fue en el siglo XX: el lugar donde se decide quién controlará los recursos y las rutas del mañana.
Y los 56.000 habitantes de la isla, ¿qué piensan al respecto? Para la población, mayoritariamente de origen inuit, este renovado interés internacional supone un arma de doble filo. Por un lado, la inversión extranjera ofrece una vía hacia la independencia económica total de Dinamarca. Por otro, el riesgo de convertirse en un peón sacrificable en el juego de tronos entre Washington y Pekín es real. Groenlandia, la isla de hielo, está más caliente que nunca, y no solo por cambio climático, sino fundamentalmente por una geopolítica que vuelve a mirar al norte para definir el destino del mundo.
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, respondió inmediatamente a Trump. Y lo hizo sin ambages: «Es bien sabido que Estados Unidos pretende apropiarse de Groenlandia. Espero que sea igualmente sabido en todas partes que esto no va a suceder”, dijo en un tono que no presagia un gran entendimiento con Trump en Ankara, pese a los esfuerzos del sherpa personal del dirigente norteamericano en la OTAN, su secretario general, Mark Rutte.
Entre tanto, Ankara se ha convertido en un contínuo hervidero de rumores sobre todo tipo de iniciativas europeas para sustituir las capacidades que hasta ahora aportaba Estados Unidos, desde Groenlandia hasta Europa Central.
