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El balón y el poder: cien años de geopolítica en la Copa Mundial de la FIFA

"El Mundial es un espejo que devuelve la imagen del mundo tal como es, no tal como quisiera ser: con sus jerarquías, sus exclusiones y sus momentos de gracia inesperada"

David Martínez Calderón por David Martínez Calderón
11 junio, 2026
in En profundidad, Reportajes
Foto: SerrNovik / IStock

Foto: SerrNovik / IStock

Cuando México y Sudáfrica comiencen a disputar hoy el partido inaugural del primer Mundial con 48 selecciones, el mundo volverá a reunirse en torno a un balón. Ese gesto colectivo arrastra casi un siglo de historia en el que el fútbol ha servido como escenario de propaganda, resistencia y reconciliación.

La Copa Mundial no es solo la competición más vista del planeta, con cerca de 3.200 millones de espectadores por edición. Es también el mayor laboratorio de soft power que existe, un espacio donde la política internacional se condensa en noventa minutos. La edición de 2026 ya ha demostrado, antes de que comience, que esa naturaleza geopolítica no ha perdido vigencia.

Para entender el fenómeno conviene regresar al origen. Jules Rimet, presidente de la FIFA desde 1921, había salido de las trincheras de la Primera Guerra Mundial convencido de que el fútbol podía crear un lenguaje común entre naciones. En mayo de 1928, en el XVII Congreso de la FIFA en Ámsterdam, propuso organizar un campeonato mundial propio e independiente de los Juegos Olímpicos. Uruguay, campeón olímpico y en plena celebración de su centenario de independencia, se ofreció a sufragar los gastos de todos los participantes. En julio de 1930, trece selecciones disputaron en Montevideo el primer torneo de la historia. El propósito fundacional era noble: unir naciones a través del espíritu de la competición; lo que nadie anticipó, o quizás sí, es que ese mismo escenario podía convertirse en un instrumento de dominio.

Apenas cuatro años después, la segunda edición del torneo inauguró lo que hoy llamamos sportswashing. Mussolini vio en la Copa del Mundo de 1934 una oportunidad irrepetible para proyectar al mundo la imagen de una Italia fascista, fuerte y victoriosa. El régimen financió estadios en ocho ciudades, los árbitros favorecieron sistemáticamente al anfitrión y jugadores nacidos en Argentina fueron incorporados a la selección italiana en circunstancias que violaban los estatutos de la propia FIFA. Mussolini, que presenció todos los partidos de su selección, encargó además una copa personal, la Coppa del Duce, cuyas dimensiones eclipsaban al trofeo original. Italia ganó, marcando la que muchos teóricos consideran la primera instancia de instrumentalización del deporte para lavar la cara de un régimen, una práctica que el mundo utilizaría hasta día de hoy.

La historia se repetiría en 1978, cuando la dictadura de Videla convirtió la Copa del Mundo en el centro de su campaña de legitimación internacional. El régimen, responsable de la desaparición de entre 15.000 y 30.000 ciudadanos durante la Guerra Sucia, denominó el torneo «Mundial por la Paz» y lo inauguró Videla en persona ante 70.000 espectadores. A cuarenta manzanas del estadio, las Madres de Plaza de Mayo marchaban en silencio. Estela de Carlotto lo resumió con precisión: «Mientras se gritan los goles, los gritos de los torturados y asesinados son ahogados». Las sospechas sobre la victoria de Argentina sobre Perú por 6-0, que le clasificó para la final, han persistido durante décadas. Sin embargo, el torneo también generó protestas internacionales que contribuyeron a visibilizar las violaciones de derechos humanos del régimen, una de las primeras veces que la Copa del Mundo actuaba, involuntariamente, como amplificador de resistencia.

Entre ambos episodios se produjo uno de los actos de resistencia colectiva más significativos de la historia del fútbol. En enero de 1964, la FIFA anunció la distribución de plazas para el torneo de 1966 en Inglaterra: diez cupos para Europa, cuatro para América Latina y uno compartido para África, Asia y Oceanía, continentes enteros con paises recién independizados o en pleno proceso de descolonización. La Confederación Africana de Fútbol envió a la FIFA una carta con una demanda mínima: al menos una plaza garantizada para África. Ante la negativa del presidente inglés Stanley Rous, que consideró la decisión «definitiva», los quince países africanos elegibles boicotearon la clasificación. El continente que representaba una parte creciente de los miembros de la FIFA, precisamente gracias al proceso de descolonización, no estaría en el torneo que se autotitulaba mundial. El boicot tuvo consecuencias: en 1968, la FIFA votó por unanimidad otorgar a África una plaza propia en la edición de 1970. Además, Rous sería derrotado en las elecciones de 1974 por el brasileño João Havelange, cuya campaña se construyó precisamente sobre el apoyo de las federaciones africanas y asiáticas.

El caso de Brasil ilustra una modalidad distinta de fracaso, más sutil pero igualmente reveladora. En 2014, el país del fútbol por definición albergó la Copa del Mundo más cara de la historia, con un coste aproximado de 12.000 millones de dólares, financiados en torno a un 85% con dinero público. El argumento era que el torneo generaría infraestructuras y proyección internacional para una de las economías más desiguales del mundo. La realidad fue más sombría: unas 170.000 personas fueron desplazadas de sus hogares en todo el país para facilitar los proyectos asociados al evento, los estadios construidos en ciudades sin fútbol profesional suficiente se convirtieron en elefantes blancos y las protestas masivas que recorrieron el país reflejaron la frustración de millones de brasileños que sentían que el espectáculo se celebraba a su costa. El legado de 2014 es también el relato de lo que ocurre cuando un megaevento se diseña desde arriba sin cuestionarse las necesidades de la población general.

Y sin embargo, el Mundial ha sido también algo genuinamente distinto. En 2010, Sudáfrica se convirtió en el primer país africano en organizar el torneo, y para una nación que apenas dieciséis años antes había salido del apartheid, recibir al mundo en sus estadios fue una afirmación de soberanía y dignidad difícil de cuantificar. En 2002, Japón y Corea del Sur coorganizaron el torneo, un gesto que habría sido impensable pocas décadas antes dado el peso de la ocupación colonial japonesa en la memoria coreana, y que constituyó en sí mismo un mensaje diplomático de largo alcance. En 1998, antes del partido entre Estados Unidos e Irán, los jugadores iraníes entregaron flores a sus rivales: en un contexto de ruptura diplomática total entre ambos países, el protocolo del juego impuso un mínimo de humanidad compartida. Esto representa el núcleo de la diplomacia deportiva, utilizando el deporte como canal de comunicación cuando los canales oficiales están cerrados.

Todo ello convierte en especialmente revelador lo que ha ocurrido antes del arranque de 2026. La administración Trump ha implementado restricciones de visado que afectan directamente a países participantes: ciudadanos de Costa de Marfil, Haití, Irán, Senegal y Sudáfrica están sujetos a vedas de entrada que casi les impiden asistir a partidos en suelo estadounidense, e incluso que se les solicita que abandonen el país el mismo día que lo jueguen como el caso de Irán. Un programa de bonos de visado de hasta 15.000 dólares afecta a otros cinco países clasificados. Haití, que se clasificó por primera vez en más de cincuenta años, ve cómo sus aficionados no podrán ver a su selección jugar en Estados Unidos. Irán boicoteó el propio sorteo del torneo, con su federación apuntando a obstáculos que «van más allá de las consideraciones deportivas». La FIFA, como en 1934 y en 1978, ha optado por la gestión pragmática, con la Administración Trump anunciando finalmente la exención del bono para poseedores de entradas inscritos en su sistema de procesamiento rápido. Una solución parcial que no resuelve el problema de fondo: el torneo que se proclama representación del mundo empieza condicionado por la política migratoria de uno de sus anfitriones.

La historia del Mundial es, en definitiva, la historia del soft power en su forma más desnuda. Es un espejo que devuelve la imagen del mundo tal como es, no tal como quisiera ser: con sus jerarquías, sus exclusiones y sus momentos de gracia inesperada. Rimet soñó con un torneo que uniera naciones. Lo que creó fue algo más interesante y más humano: un torneo que las muestra tal como son, con toda su grandeza y toda su miseria, y que en los mejores momentos, quizás por eso mismo, logra reunirlas.

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David Martínez Calderón

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