El 10 de junio se celebra la fiesta nacional de Portugal. Celebramos nuestra identidad y nuestra cohesión territorial inalterable con las mismas fronteras desde hace nueve siglos. Celebramos nuestros logros y victorias como pueblo y como nación, pero lo hacemos como habitualmente con sentido muy crítico y exigente. Solemos ser orgullosos de nuestra identidad, pero raramente vanidosos.
Y esto porque los portugueses suelen ser exigentes con las elites que os lideran, pero también muy autocríticos consigo mismos porque al final el deber de hacer mejor una nación no queda únicamente por la responsabilidad legal y jurídica de los gobernantes.
Tenemos la noción que esto es una responsabilidad moral y deber ético de toda una sociedad que tenga ambición de querer lograr ser mejor, de ser más cohesiva, de ser más justa, con autoestima y que se respecte a sí misma.
Pero esto lo hacemos, naturalmente con matices que han evolucionado a lo largo de los tiempos, desde hace muchos siglos.
Portugal es uno de los países más antiguos del mundo. Llevamos más de novecientos años debatiéndonos, queriendo ser mejores sin perder nuestra identidad, que naturalmente es compuesta de calidades y defectos.
No os aburriré por eso con este debate que pertenece a los portugueses sobre sí mismos. Pero os hablaré de un elemento crucial de la identidad de Portugal desde el siglo XII.
Portugal solo existe como nación porque siempre, siempre ha tenido instinto de supervivencia. Porque siempre ha percibido que sus ambiciones siempre fueran más grandes que sus recursos y para lograr alcanzar sus ambiciones de soberanía y de éxito sabía que no podría nunca caminar solo.
La existencia de Portugal se debe por eso en buena parte a este sentido común que nos hace escuchar más que hablar y a valorar la amistad como una de las más grandes virtudes. Saber que más importante que juzgar es comprender y ser tolerante con lo que nos distingue y tener siempre presente lo que nos une como lo más importante.
Saber que entre amigos no tenemos que compartir siempre las mismas ideas e identidades, pero sí únicamente algunos intereses, valores y siempre la solidaridad y la lealtad que debemos a los amigos.
Por eso respetamos siempre de forma absoluta los retos internos de nuestros amigos sin nunca interferir, siendo solidarios ante sus desgracias y compartiendo sus alegrías.
Esperamos por eso naturalmente que nuestros amigos hagan lo mismo con nosotros. Que nos aprecien no porque somos iguales, pero porque somos amigos y porque nuestra amistad es más importante que la diversidad de nuestras opiniones.
Los portugueses siempre tuvieron muy claro que tener la capacidad de hacer amigos y hacer alianzas haría parte de su sentido estratégico permanente. Sería parte de su propia identidad.
Por eso, celebrar la amistad con otras naciones amigas en nuestra fiesta nacional es lo más lógico y natural, porque celebramos también la amistad como un elemento identitario de nuestro país.
En este día, quiero hablar de la amistad entre portugueses y españoles.
No hablaré de toda la larguísima historia de la relación hispanoportuguesa. Eso lo dejo para los académicos.
Hoy me centraré solamente en algunos aspectos muy simbólicos ocurridos a lo largo del último año.
Desde que llegué a España, hace poco más de un año, he tenido la oportunidad de presenciar una multitud de gestos que llevan a concluir, sin sorpresa, que la amistad entre españoles y portugueses, es intensa, es auténtica y genuina, es recíproca y es mucho, pero mucho más que declaraciones sociales de oportuna circunstancia.
Es una amistad tangible, con resultados concretos cada día y con ejemplos muy inspiradores de cómo, juntos y con amistad, portugueses y españoles dan ejemplos de cómo se pueden construir historias de superación y de ayuda mutua.
Desde nuestra última celebración del día de Portugal en el Palacio de Liria, tuvimos, entre otros, un viaje del Rey de España a Lisboa, dos visitas a Madrid, una del presidente cesante y otra del nuevo presidente de Portugal. Tuvimos una Cumbre Hispanoportuguesa que juntó en Huelva el presidente del Gobierno de España y el primer ministro de Portugal con varios ministros de los dos gobiernos.
Todos estos encuentros tuvieron un objetivo único: seguir reforzando la relación entre los dos países en todos los dominios y a beneficio de los ciudadanos de Portugal y España.
Yo podría hablar mucho de la importancia de todas estas visitas y encuentros, pero como han sido muy divulgadas por la comunicación social, prefiero tal vez centrarme en dos momentos muy especiales que, siendo poco conocidos del publico, ilustran aun así de forma muy fuerte cómo por veces algunas personas, con total discreción y sin buscar publicidad, deciden dar pruebas de generosidad, de nobleza de carácter y de amistad por nosotros.
Es por eso que entiendo como mi deber, como mi obligación moral, enaltecer hoy a dos españoles las inequívocas pruebas de gran amistad que han tenido por mi país y por mi pueblo en los últimos meses.
Por eso, en nombre de mi país, quisiera mencionar la ministra Sara Aagesen y enaltecer su postura en aquel momento tan difícil para Portugal y para los portugueses. De igual manera, quisiera reconocer al Duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, por su generosidad en abrir el Palacio de Liria para la exposición de Joana Vasconcelos y para la celebración del Día de Portugal, un gesto de apoyo a la cultura portuguesa.
Estos son solo dos ejemplos de personas que, con discreción y generosidad, demuestran una amistad que se materializa en muchas otras situaciones: desde Badajoz hasta Vigo, pasando por Madrid o Sevilla, hay ciudadanos, autoridades locales, profesionales y colaboradores que, día tras día, construyen, con sus gestos de cooperación, solidaridad y cercanía, la relación luso-española a todos los niveles. A todos ellos les riendo hoy mi homenaje y mi gratitud.








