Hay pocas cosas que unan a todos los españoles. Tan pocas que podríamos decir que sólo hay una. Sí, lo han adivinado. Lo tenían fácil. Si al cabo de más de un mes de Mundial de fútbol no se han dado cuenta, es que no han salido a la calle. Hablamos del muchas veces denostado balompié. Por cierto, en el caso de España, además de ser el mejor bálsamo político, es nuestra mejor diplomacia pública.
Incomprensible para unos. Insustituible para otros. Lo que es indiscutible es que, de unos años a esta parte, si juega la selección nacional, todos los españoles nos volvemos fans de “La Roja”. Así es la vida. Será cosa de que siempre nos atraen los ganadores. Y desde 2008, se nos da bien eso de levantar copas. Bueno, de las de metal, que en las otras ya teníamos maestría acumulada.
La cuestión es que un un país donde tradicionalmente hemos sido seguidores de equipos —Real Madrid, Barcelona, Atlético, Sevilla (para que mi amigo David sepa que le tengo en cuenta)…— y lo seguimos siendo, ahora, cuando juega la selección, nos olvidamos de nuestras filias y fobias políticas, sociales y hasta de las regional-nacionalistas para abrazarnos a quien tenemos más cerca sin preguntarle si “es de los nuestros”.
Y no le preguntamos porque no nos hace falta. Sabemos a ciencia cierta que, mientras la selección siga compitiendo en el torneo correspondiente, ese ciudadano al que no hemos visto en nuestra vida, del que no sabemos nada absolutamente y al que quizá nunca volvamos a ver, efectivamente es de los nuestros. Es un hermano con el que iremos a cualquier guerra. Sin ningún atisbo de duda… por lo menos hasta que acabe el torneo.
En 2010, me encontraba de vacaciones en Costa Rica. llegamos de una excursión justo a tiempo de ver a Iniesta marcar el gol más famoso de nuestra historia futbolística. De repente el bar del hotel se convirtió en un mar de abrazos, saltos incontrolados, llantos inconfesables, gritos en al menos tres idiomas. Gallegos, vascos, castellanos, catalanes, andaluces… todos éramos uno gracias a un chaval de Albacete un poco soso, es verdad, pero que jugaba como los ángeles.
Aquí es donde me pregunto que tiene el fútbol para conseguir lo que no puede conseguir la racionalidad de seres humanos ya adultos. Y lo que tiene es tribalidad. El fútbol nos hace sentir parte de una tribu fuerte, orgullosa, que va a la guerra (deportiva) y derrota a sus adversarios. Hombre, mejor así que ir a una guerra de verdad. Dicho de paso, sería una buena idea solucionar la guerra de Estados Unidos contra Irán con un partido de fútbol. O no. Recuerden: Trump e Infantino… Hay altas posibilidades de tongo.
Dejemos las bromas. Esa tribalidad a la que me refiero es una característica muy arraigada en nuestro ADN y que, en el caso del fútbol, supera cualquier otro sentimiento de pertenencia. La tribu nos garantiza seguridad, protección, alimentación, colaboración, normas de comportamiento… Es parte de nosotros, igual que otros instintos básicos de nuestra etapa animal que siguen siendo esenciales para nuestra supervivencia, aunque no nos demos cuenta.
¿Por qué el fútbol y no el baloncesto, por ejemplo? Verán. Aquí operan la épica, la gloria de lo imposible. Si vamos a una batalla, tiene que ser en campo abierto, con barro, lluvia y frío, o calor, todo extremo, eso sí. En una guerra, además, no necesitamos la precisión de una canasta desde 7 metros sino la emoción del esfuerzo sobrehumano al correr 100 metros con una jauría de adversarios detrás. Todo eso nos lo da el fútbol.
Y fíjense en algo que pasa desapercibido: el ritmo de un partido de fútbol es más similar a una batalla. Un partido es un combate épico y glorioso desde el punto de vista de los fans. Una lucha que proclama a los héroes, y si son nuestros mucho mejor. Es un hecho digno de glosar cada cuatro años en una nueva Odisea que recordaremos a nuestros hijos siempre que podamos.
Añadan una característica todavía más importante. Cualquiera se identifica con el fútbol porque todos le hemos dado alguna vez una patada al balón. ¿Cuantos han intentado embocar una canasta dos veces seguidas en una cancha de baloncesto? Pocos. Esta es una de las claves importantes. Sentimos que podríamos formar parte de ese ejército de 11 guerreros, aunque no tengamos mayor entrenamiento. Pero, sin duda, somos parte de ese ejercito nuestro… desde la grada.
Dejando a un lado a los fans, los gritos, las masas y la épica, hay un efecto fútbol sobre las relaciones internacionales. Este deporte abre puertas, permite conversar con el 90% de los humanos en cualquier parte del mundo. Es la forma de diplomacia publica más eficaz que existe. No tenemos que planificarla, ni invertir en ella y tampoco necesitamos contratar personal. En cualquier país la conversación sobre fútbol fluye de forma natural con el visitante extranjero. Enseguida alguien recuerda a un jugador, un equipo, un partido o devolvemos a un niño la pelota con la que juega. Eso es suficiente.
No es necesario hacer nada más para que funcione la “diplomacia del balón”. Aunque, por si acaso, yo sugeriría explicarle a Trump por qué no se puede apuñalar al contrario, incluso fuera del área. Quizá consigamos que lo entienda. Si Infantino no está cerca.








