Mire Majestad, me preguntaba esta semana un amigo extranjero qué va a pasar con Ceuta y Melilla. Vi que su gesto tornaba a cierto asombro cuando le contesté: “Nada”. Quizá se me fue la mano, porque nunca se puede decir que “de este agua no beberé”, ya sabe. Pero si de algo estoy seguro es que a Rabat no le compensa tener un verdadero conflicto armado con España. Y a Europa tampoco.
Después de la “invasión” de Ceuta ya tenemos a ministros marroquíes —esta vez le ha tocado al de Justicia, un perfecto desconocido, por cierto— lanzando los mensajes de siempre: ambas ciudades son marroquíes de toda la vida, que tienen derechos “históricos y geográficos” y blablabla. Ahí quedará todo. Volveremos a ser “amigos”, así entre comillas, y hasta la próxima vez que nos enfademos.
Los que también se quedarán, diga lo que diga Albares, serán unos cuantos cientos, quizá un millar de “invasores” ilegales a los que admitiremos en España y cuyo destino, en muchos casos, serán otros países europeos, fundamentalmente Francia y Bélgica. Es lo que se llama soltar la espita del gas para que no reviente la caldera. En todo caso, será lo menos importante.
¿Que les parece demasiado simplista? Probablemente, pero es que ya ha pasado otras veces. Cada invasión anterior nos ha parecido la definitiva, el no-va-más, el fin de nuestras ciudades en el norte de África. Pero aquí estamos. Y esta no será la última. Todo dependerá de la madurez mental o de la vaguería imaginativa de quienes gobiernan un país en el que, créanlo, los españoles nos sentimos siempre muy bien tratados.
Ahora nos encontramos en los ‘coletazos’ de éste último asalto. Cierto que 70.000 personas son muchas, sobre todo de golpe. Pero el problema hay que buscarlo más profundamente. Y esta vez se ha tratado, a falta de un desacuerdo sobre el Sáhara Occidental, de la nueva amistad reestablecida entre España y Argelia. Si hay algo que Rabat no soporta es que Argel y Madrid se lleven bien.
Antes teníamos más motivos para organizar una buen bronca bilateral, pero desde que la Unión Europea negocia los derechos pesqueros en aguas marroquíes, el Gobierno de Sánchez se ha plegado a las tesis marroquíes sobre el Sáhara Occidental y el descubrimiento de un “gran yacimiento petrolífero en aguas limítrofes canario-marroquíes se ha quedado en agua de borrajas, tenemos que conformarnos con Argelia. Que, dicho de paso, tampoco es poco.
Pero volvamos a lo que nos ocupa. El ministro Abdellatif Ouahbi —el de Justicia del que hablábamos al principio— sólo ha vuelto sobre la vieja idea de Hasán II de que hay que hablar del estatus de Ceuta y Melilla (por cierto, se ha olvidado de Chafarinas, Vélez de la Gomera, Alhucemas… ¡y Peregil!). En resumen, a Ouahbi le han dicho que ‘calase el melón’, a ver las debilidades y fortalezas de Madrid.
Si analizamos lo de los “derechos históricos y geográfico”, el argumento se cae por su propio peso. Primero, no hay derechos históricos porque cuando ambas ciudades ya estaban bajo plena soberanía española (siglo XV), el Sultanato (por no hablar del Reino) de Marruecos ni siquiera existía, aunque en Rabat se empeñen en lo contrario.
Con el calendario en la mano, la dinastía alauita —la que encarna actualmente Mohamed VI— sólo empezó a tener cierto poder —tras llegar al sur de Marruecos en el siglo XIII— después de la desaparición de la dinastía saadí, de origen beréber. Y estamos hablando de 1659, cuando el sultán Ahmad al-Abbas fue asesinado. A partir de 1668 se hizo con el poder el primer sultán alauita, Moulay al-Rashid.
Probablemente habrá quien piense que eso tambien pasaba en los reinos cristianos de Europa en aquella época. Las luchas por el poder eran constantes, es cierto. Pero hay una diferencia notable: en la península ibérica, León, Castilla, Asturias, Navarra, Aragón o Zaragoza (por citar también un reino musulman) siempre se llamaron igual. Luego se fueron unificando, pero seguimos encontrando esas referencias en nuestros días. En resumen, en la España de entonces podían cambiar las dinastías, pero no los reinos.
Si comparamos, en el Maghreb en 1515, nos encontramos con el Sultanato watasí, el Virreinato de Debdú y el Emirato saadí, pero no aparece el nombre de Marruecos por ningún lado. Lo que sí aparece es el nombre de la ciudad de Ceuta reconquistada por Portugal en 1415 y el de Melilla incorporada al reino de Castilla en 1497. En ambos casos, las fechas son muy anteriores al que se considera como unificador del estado alauí, Ismail de Marruecos, que gobernó desde 1672 hasta 1727.
Un detalle más: Marruecos, y en particular Hasán II, sólo comenzó a reclamar la soberanía de Ceuta y Melilla en los años 60 del siglo pasado y a media voz. Su padre, Mohamed V, tras obtener la independencia del protectorado francés, viajó a Madrid el 7 de abril de 1956 para firmar con el general Franco la Declaración hispano-marroquí por la que España reconocía su independencia. Pero en ningún momento se mencionó en ese tratado el estatus de Ceuta y Melilla. Como no se había mencionado en otros muchos acuerdos y tratados bilaterales anteriores.
El segundo argumento, los “derechos geográficos”, no se sostiene desde ningún punto de vista por sí mismo. Si vamos a aplicar una lógica geográfica, tendríamos que revisar los casos de Malvinas, Guam y hasta Isla de Pascua, por no extenderme demasiado. Incluso tendríamos que dar la razón a Donald Trump en su reclamación sobre Groenlandia. Ninguno de estos territorios se encuentra en el continente del país que los administra. Así que el componente geográfico tampoco tiene ningún sentido en esta ensoñación del nacionalismo marroquí más rancio.
Otra cosa es que ambos gobiernos se sienten a hablar seriamente de formas de cooperación, sobre todo económica, entre ambos lados de la frontera. Aplicar algunas medidas de cooperación bilateral a ambos enclaves, no una soberanía compartida porque no es posible, podría ser muy positivo para todos. Y como ya hemos contado en DiplomacyNews hace unos días, ambos países tenemos muchos más intereses comunes que motivos para entrar en un conflicto que no beneficiaría a ninguno, empezando por el propio Marruecos.
Y me he dejado la mitad de lo que quería contarles. Tendrá que ser otro día.
