La aprobación del nuevo marco europeo de diplomacia científica en mayo de 2026 ha reforzado el reconocimiento de las redes como actores clave de la cooperación científica internacional. RAICEX (Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Exterior) defiende desde hace años una mayor integración de la diáspora en las políticas de ciencia, internacionalización y acción exterior, así como el fortalecimiento de la diplomacia científica española. Conversamos con Javier Cabello García, vocal de la Comisión de Política y Diplomacia Científica de RAICEX.
Partiendo del diagnóstico que hacíais en el informe ATRAE, marcado por dificultades en la atracción y retención de talento, una carrera investigadora poco estable y una internacionalización incompleta, ¿qué aspectos siguen siendo críticos hoy y en cuáles habéis observado alguna evolución?
El diagnóstico de ATRAE sigue vigente en lo esencial. Muchos científicos, jóvenes y no tan jóvenes, siguen dejando el país, y la inestabilidad de la carrera investigadora persiste. Aun así, desde la publicación del informe ha habido avances relevantes, de los que destacamos dos en los que hemos participado.
El primero es el refuerzo de las ayudas dirigidas a atraer y consolidar investigadores en España (Programa Ramón y Cajal). Ahora una única convocatoria financia durante cinco años tanto el salario del investigador como su propio proyecto de investigación. Esto aporta más estabilidad, facilita el desarrollo de proyectos propios y favorece la consolidación de una carrera científica en España. Además, incentiva la participación en convocatorias europeas de excelencia como las del ERC.
El segundo avance se refiere al reconocimiento de títulos extranjeros. Se está tramitando un Real Decreto que prevé un órgano centralizado y el reconocimiento automático de doctorados del EEES y de países con convenio bilateral. Valoramos positivamente esta dirección, aunque habrá que esperar al texto definitivo. Persisten, sin embargo, dificultades para los doctorados obtenidos fuera del EEES.
¿Cómo se articula la diplomacia científica española como ecosistema, y qué papel ocupa en él la diáspora científica?
La diplomacia científica española reúne a un número nada desdeñable de actores, con una coordinación aún mejorable. Intervienen el Ministerio de Ciencia, la FECYT, la AECID a través de la acción cultural y científica de las embajadas, el CDTI, los organismos públicos de investigación, comunidades autónomas y la diáspora, organizada a través de RAICEX.
En RAICEX reunimos a 22 asociaciones de científicos españoles repartidas por más de cuarenta países, entre ellas CERU en Reino Unido, ECUSA en Estados Unidos o CENL en Países Bajos. Cada asociación mantiene vínculos permanentes con instituciones punteras de su país y genera colaboraciones y flujos de talento en ambas direcciones. Actuamos como interlocutor habitual y nuestro papel es real. Sin embargo, existe una percepción general de infrautilización. Nuestro trabajo es voluntario, no remunerado y apenas institucionalizado. Además, se nos consulta de forma puntual, no estructural, recayendo el asesoramiento científico mayoritariamente en agentes situados dentro de España. Se infrautilizan así las conexiones y el conocimiento directo de quien trabaja fuera y conoce de primera mano otros sistemas científicos.
¿Qué diferencias destacables encontráis entre el modelo español de relación entre ciencia y acción exterior y el de otros países con los que trabajáis habitualmente?
La diferencia está en el reparto de funciones. Existen instituciones muy reconocidas como el ICEX, que cubre el comercio y la inversión, y el CDTI, que cubre la innovación empresarial y la cooperación tecnológica industrial. La ciencia académica, la universidad y la diáspora quedan para las Consejerías Culturales y Científicas, de cartera compartida, y unos pocos coordinadores de FECYT. Ejemplos cercanos, como Suiza, Alemania o el Reino Unido integran educación, investigación e innovación en una sola estructura. En España, estas funciones siguen dispersas entre distintos organismos y niveles de la administración.
¿Cómo valoráis el nuevo marco sobre Diplomacia Científica aprobado recientemente por la UE?
Lo valoramos de forma positiva. Por primera vez, la UE fija una visión común y un código de conducta para la diplomacia científica y respalda una de las reivindicaciones históricas de RAICEX: reconocer y apoyar a las asociaciones de base de la diáspora, hoy infrafinanciadas y con dificultades de continuidad dado su carácter voluntario.
Conviene, eso sí, ser realistas. Es una recomendación, no una norma vinculante, y su impacto dependerá de cómo la apliquen los Estados miembros. España tiene credibilidad en este terreno gracias a su implicación en iniciativas europeas de diplomacia científica, y existen varias señales halagüeñas, como la participación de FECYT en el proyecto europeo CUSP (Consolidating European Science Diplomacy), un proyecto europeo financiado por Horizonte Europa para convertir este marco en acciones concretas.
¿Y en qué puntos el nuevo marco os parece insuficiente respecto a los retos reales del sistema?
El nuevo marco acierta en su objetivo, pero deja cuestiones importantes sin resolver. En primer lugar, aunque admite que es necesario apoyo estructural a las redes y aprovechar su papel asesor, tampoco sugiere o les asigna un plan concreto para ello. Segundo, el marco se apoya en los programas que ya existen; no aporta financiación propia ni métricas de su propio impacto, con lo que corre el riesgo de quedarse en declaración de intenciones. Tercero, el marco impulsa atraer talento a Europa, pero la reincorporación a cada sistema, en nuestro caso el español, sigue sin resolverse. Es la asignatura pendiente que ninguna recomendación europea va a sustituir.
Más allá del nuevo marco europeo, ¿qué cambios consideráis necesarios para que la diplomacia científica se consolide como un eje estructural del sistema español de ciencia y acción exterior?
En RAICEX proponemos tres cambios. El primero es de gobernanza, siguiendo un modelo similar al suizo: una estrategia compartida entre Ciencia y Exteriores, con objetivos plurianuales y presupuesto propio, que coordine la acción hoy dispersa entre el ICEX, el CDTI, FECYT, AECID y las comunidades autónomas. Para asociaciones externas al sistema español, coordinarse con un ecosistema tan fragmentado resulta complejo, especialmente cuando las distintas instituciones persiguen objetivos que no siempre están alineados.
El segundo: reconocer a la diáspora como interlocutor estable, con foros permanentes y un canal directo con ambos ministerios. Y abrir vías concretas de contribución, no solo de retorno; quien no regrese a España también puede aportar al sistema. La diáspora constituye una red de más de cuarenta países y puede ampliar el alcance de cualquier iniciativa a bajo coste. Que cerca de 4.500 científicos se hayan organizado autónomamente, y de forma altruista, indica que hay una voluntad y un recurso por desarrollar.
El tercero, coherencia entre la prioridad y los medios. Si Exteriores considera prioritaria la diplomacia científica, tiene que dotarla de presencia propia en las embajadas clave, no de una cartera compartida con cultura. Hoy esa prioridad declarada no se traduce en recursos y a menudo recae en la diáspora, que es voluntaria y sin sueldo, haciendo esfuerzos individuales insostenibles a largo plazo.
¿Qué figura consideráis más eficaz para asegurar una interlocución entre el mundo científico y el diplomático?
Sería necesario contar con personal de perfil científico, formado en diplomacia científica y con dedicación estable en las embajadas prioritarias. La figura más cercana sería el coordinador científico que FECYT pilotó en Londres, ya que garantiza una interlocución sostenida y evita que todo dependa de la legislatura, la voluntad del embajador o el trabajo altruista de la diáspora. El propio piloto de Londres mostró el valor de combinar un coordinador de FECYT, asociación de la diáspora (CERU) y programas para crear cultura compartida, como “Embajadores para la Ciencia”. Hoy en día Londres es uno de los nodos más activos de la comunidad científica española en el exterior.
¿Cómo se gestiona la tensión entre apertura y protección del conocimiento, y qué tipo de margen real existe hoy para la colaboración internacional?
Esta tensión se gestiona hoy con poca claridad y mucha incertidumbre. Quien investiga en el exterior la vive a diario. El nuevo marco europeo propone un principio sensato: tan abierta como sea posible, tan cerrada como sea necesario. El problema está en la ambigüedad al aplicarlo, que depende del país y la institución.
El margen para la colaboración internacional sigue siendo amplio en la mayoría de los campos. Se ha puesto la lupa particularmente en las tecnologías críticas y de doble uso, como todo aquello relacionado con la IA o la cuántica. En esos campos la cautela se aplica en ocasiones de forma draconiana e impredecible, como recientemente ha ocurrido con los últimos modelos de Anthropic. Comprendemos la necesidad de protección, pero una restricción mal calibrada puede afectar campos adyacentes frenando la colaboración y rompiendo consorcios que tardan años en construirse. Y aquí la diáspora aporta algo concreto. Conoce de primera mano los marcos de seguridad de los países donde trabaja. Puede ayudar a España a calibrar el riesgo real sin renunciar a la apertura que hace competitiva a la ciencia.






