La visita del Papa León XIV a Argelia –parte de un periplo africano en que visitará también Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial- ha sido histórica por muchos motivos. No sólo porque se trata del primer pontífice que visita el mayor país de África, sino también por lo que supone de apertura al islam y de regreso a la historia de la Iglesia.
Argelia es la tierra en que nació, ejerció su pontificado y murió nada menos que San Agustín (354-430), natural de Tagaste, obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia desde 1295. Como agustino, el Papa debió de sentir que, de algún modo, regresaba a casa mientras caminaba el segundo día de su visita por las ruinas de Hipona Regius divisando en la distancia la basílica dedicaba al santo y Padre de la Iglesia.
En realidad, Argelia es un lugar muy especial para cualquier católico.
Aquí nació y lucho el Emir Aldelkader (1808-1883), que luchó con valor frente a la invasión francesa, terminó exiliado en Damasco con miles de argelinos que lo acompañaron y protagonizó uno de los episodios más heroicos de la historia moderna: en 1860, durante las matanzas de cristianos maronitas, el Emir Abdelkader junto con sus argelinos protegió, con las armas en la mano y a riesgo de su propia vida, a miles de cristianos, los acogió en su casa y en otros lugares seguros y organizó escoltas que los acompañaron hasta estar a salvo. Aquí nació la Sociedad de los Misioneros de África, fundada en 1868 en Maison Carree (actualmente El-Harrach), en los alrededores de Argel. Aquí vivió y murió San Carlos de Foucauld (1858-1016), cuya vida demuestra que el desierto, en realidad, está lleno de la presencia de Dios y eso basta. Aquí dejaron entregaron su vida los mártires de Tibhirine, secuestrados y asesinados por terroristas en 1996, durante los años terribles en que el Grupo Islámico Armado regó el país con la sangre de los argelinos. Como dijo León XIV en la Basílica de Nuestra Señora de África, «el amor a los hermanos es precisamente el que ha animado el testimonio de los mártires que hemos recordado. Frente al odio y a la violencia, permanecieron fieles a la caridad hasta el sacrificio de la vida, junto con tantos otros hombres y mujeres, cristianos y musulmanes».
Ha sido precisamente en Argelia, el hogar de un pueblo que libró una guerra atroz de casi ocho años (1954-1962), donde León XIV ha alzado la voz para pedir la paz y el perdón. En la visita al monumento de los mártires Maqam Echahid ha hablado con lucidez y valentía: «En este lugar recordamos que Dios desea la paz para cada país; una paz que no es sólo ausencia de conflicto, sino expresión de justicia y de dignidad. Esta paz, que permite enfrentar el futuro con ánimo reconciliado, es posible solamente con el perdón. La lucha verdadera por la liberación será ganada definitivamente sólo cuando la paz se haya conquistado finalmente en los corazones. Sé cuán difícil sea perdonar. Sin embargo, mientras los conflictos se multiplican continuamente en todo el mundo, no se puede añadir resentimiento al resentimiento, de generación en generación. El futuro pertenece a los hombres y a las mujeres de paz. Al final, la justicia triunfará siempre sobre la injusticia, así como la violencia, más allá de toda apariencia, no tendrá nunca la última palabra».
En la Gran Mezquita de Argel ha dicho que «esta tarde oro por ustedes, por el pueblo de Argelia, por todos los pueblos de la tierra, para que la paz y la justicia del Reino de Dios se hagan presentes también en medio de nosotros, y para que todos estemos cada vez más convencidos, de la necesidad de ser promotores de la paz, de la reconciliación, del perdón y de lo que es verdaderamente la voluntad de Dios para toda su creación».
En su visita al hogar para personas mayores de las Hermanitas de los Pobres advirtió que « el corazón de nuestro Padre no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios; el corazón de Dios está con los pequeños, con los humildes, y con ellos lleva adelante su Reino de amor y de paz, cada día. Como tratan de hacerlo ustedes aquí en el servicio cotidiano, en su amistad y en la vida comunitaria».
En el mensaje a los periodistas al inicio de su viaje, Su Santidad había expresado el propósito de su viaje: «promover la paz, la reconciliación, el respeto y la consideración por todos los pueblos».
Argelia ha sido un lugar perfecto para emprender ese camino.








