No es bueno que México y España anden a la gresca por un ‘quítame allá ese Cortés’. Ambos países tenemos cosas mucho más importantes de las que ocuparnos que de las agendas políticas de las presidentas Sheinbaum y Díaz Ayuso, y por derivación de todos sus respectivos opositores. Sin embargo, es en eso en lo que estamos ahora perdiendo el tiempo.
Miren, si Cortés fue o dejo de ser, si fue un genocida o no, si es el padre del México actual o no, y si hay que hacerle un monumento o decapitarle en la plaza pública son ya cuestiones menores, mínimas, en comparación con lo que se nos viene encima. No se olviden de que Ormuz sigue ahí, que la guerra de Israel en el Líbano no se ha terminado, que tampoco se ha terminado la agresión rusa contra Ucrania, que Cuba puede ser la próxima, que la expansión de China en África sigue avanzando sin ruido, que Trump puede imponer nuevos aranceles a cualquiera en cualquier momento… ¿sigo?
Sin embargo, en España y en México tenemos estos días la sensación de que ha explotado la bomba nuclear definitiva simplemente porque Ayuso ha defendido el papel de Hernán Cortés en la formación del México actual y Sheinbaum ha aprovechado para reivindicar el legado indigenista. Pero no hay bomba. Sólo tácticas políticas, y del montón, en ambos casos. Brocha gruesa. Nada nuevo bajo el sol.
Las encuestas, las reales, nos dicen que a mexicanos y españoles, los que estamos a pie de calle, nos preocupan cosas más importantes. Nos preocupa llegar a final de mes, poder disfrutar de nuestras vidas, de nuestras familias, que gane nuestro equipo… cosas corrientes. Estamos ocupados de cualquier cosa menos de si Sheinbaum y Ayuso se ponen de acuerdo sobre algo que, para empezar, ocurrió hace más de 500 años y que sorprendentemente se ha convertido, ahora, en arma política disponible para ambas.
¿De verdad creen en el Gobierno de Madrid y en su oposición que variará sustancialmente el caudal de votos que tengan porque Cortés —que ya le gustaría al hombre que le dejasen en paz— fuera un malvado asesino o un excelso estadista? ¿También cree la presidenta mexicana que será más popular entre sus conciudadanos por culpar de todos sus males a un tipo que murió hace casi cinco siglos? Hagan la prueba, bajen a la Puerta del Sol y al Zócalo. Y pregunten.
Seguramente Cortes no fue ni lo uno ni lo otro, fue un hombre de su tiempo con errores y aciertos. Pero sobre todo, Cortés es una parte de nuestra historia común que, a estas alturas, ni podemos ni debemos borrar. Ahí se tiene que quedar, así que tendremos que gestionarlo bien unos y otros, o unas y otras, que nadie se ofenda.
El problema, el que no parece preocupar a nuestros políticos, es que diatribas como estas acabarán dañando la imagen y la relación de dos países, España y México, que se parecen mucho más de lo que creemos nosotros mismos. No en vano México, se lo recuerdo, se llamó Nueva España durante más de 200 años. Y, por si lo olvidaban, fue social, educativa y económicamente mucho más importante, mas pujante y más avanzado que la metrópoli durante una gran parte de ese tiempo.
México y España, ya lo comente en un artículo anterior, deberían dejar de meterse mutuamente el dedo en el ojo y centrarse en lo que importa, que es la Cumbre Iberoamericana del próximo mes noviembre. Los dos países que se inventaron el Sistema Iberoamericano tienen la oportunidad, tras el fracaso de la Cumbre de Cuenca (Ecuador), de forjar en Madrid un entramado más sólido y más operativo, aprovechando además el respaldo que puede obtener de una CELAC que empieza a hablar con una sola voz por toda América Latina.
En los tiempos que corren —con China, Estados Unidos y Rusia acotando sus respectivos ‘patios traseros’— América Latina y Europa están ante la oportunidad de fortalecer su propia autonomía política y económica —cierto que vinculándose la una a la otra— o caer en la esfera de los poderosos.
Construir ese entramado no será cuestión de un día, pero ambas regiones a ambos lados del Atlántico deben empezar a calcular los beneficios de sumar sus respectivas economías y sus propias necesidades, gestionando la manufactura de sus recursos naturales y agrícolas y la extracción y procesamiento de sus minerales. Ser capaces, en suma, de controlar la riqueza que, actualmente, una parte exporta sin añadirle valor y la otra compra a precios controlados por otros.
Cualquier otra opción dejará a Europa aislada o dependiente de una de las ‘superpotencias’. Y lo mismo pasará con Latinoamérica, que seguirá siendo suministradora de materias primas al mejor postor.
El propio ministro de Exteriores, José Manuel Albares, apunto el viernes la necesidad de “avanzar todos” para profundizar en la cooperación ante la “competencia estratégica” entre grandes poderes que cuestionan el multilateralismo.
La posibilidad del acuerdo América Latina-Europa, por tanto, no sólo existe sino que se van dando pasos en ese sentido, aunque todavía sean muy lentos. La Comunidad Iberoamericana puede acelerar ese proceso. Pero primero tendrá que reordenar la propia casa, lo que equivale a reinventarse en la Cumbre de Madrid.
Así que volvemos a lo de antes. España no sólo necesita a México. Tambien a Argentina, a Brasil, a Chile, a Perú, a todos, incluso a varios países africanos que quieren y podrían ingresar como miembros de pleno derecho. Esa comunidad tendría mucho que decir en un nuevo orden mundial. Sólo hay que ponerse manos a la obra. Y hacerla.
