No han terminado con el asunto iraní y ya están pensando —en Washington— en qué hacer con una Cuba que se atisba de nuevo como parte del patio trasero ‘gringo’. El caso es demasiado serio. Pero sería hilarante si lo viéramos como el del niño rico y caprichoso que, diez minutos después de abrir los regalos de Navidad, ya esta aburrido de los juguetes. Traduzcamos: “Ahora dejo Irán, que me aburre porque no gano, y voy a empezar con esto de Cuba, a ver qué tal”.
No digo que la guerra en Oriente Medio se vaya a cerrar en falso. No creo que vaya a producirse una retirada norteamericana. Eso ya sería el colmo y un completo ridículo de la todavía primera potencia mundial. Veremos si finalmente las negociaciones en curso con Irán nos llevan a algo duradero y se puede evitar un conflicto enquistado. Pero cuando eso ocurra el interés de Trump estará —está ya— en el Caribe, en una isla donde —siguiendo su frase favorita— prevé que “vamos a ganar un montón de dinero”.
Siempre he pensado que el mundo de Trump es como una enorme habitación llena de juguetes. El problema es que ya ha jugado con todos. Y le aburren. El único que todavía no le aburre es ser presidente de Estados Unidos porque puede tocar muchos botones y ver qué pasa. Alguna vez saldrá “hambruna”, otras “guerra”, “petróleo”, “narcos”, “dinero”, “bomba”, “Putin”, «cumbre» o “casino”. Como en las tragaperras que tuvo en Atlantic City. Es emocionante la incertidumbre del juego.
Pero, como digo, Irán ya le aburre. A Trump le gusta ganar rápido. Y esta partida prometía. Derrocar a un régimen lleno de curas con turbante que hablan raro y viven en un desierto iba a ser cuestión de “dos o tres días”, sobre todo si sus armas no están al nivel de las del “ejército más poderoso del mundo”, como también se encargo de proclamar.
¡El absurdo encono del régimen de Teherán lo ha echado todo a perder! ¿Por qué se empeñan en resistir? Si lo lógico es que gane él, el invencible césar americano. Al menos eso es lo que dice en la caja donde viene el juego: “¡Gana a los ayatolás con tus hipermusculados marines!”. Pues de momento no, así que nos vamos a Cuba que está más cerca y parece más fácil.
Para un cleptócrata el dinero lo es todo, o casi. La sensación ‘tío Gilito’ de tener una piscina llena de billetes sólo la supera ganar el juego de la geopolítica. Conquistar, de una forma u otra, un país. Imponer la voluntad propia contra la resistencia del otro. Y el ‘efecto Maduro’ ha debido animar al inquilino de la Casa Blanca a pensar que el Caribe es más fácil que Irán. ¡Y, qué suerte, Cuba está en el Caribe! Bueno, veremos qué pasa. Todo es posible, pero ya hemos visto errores de cálculo en anteriores ocasiones.
La cuestión en este caso, es ¿qué ha cambiado? Después de semanas, incluso meses, en los que los rumores sobre la presencia en La Habana de un equipo negociador —¡de la propia CIA!— se fueron haciendo realidad, todo indicaba que ambas partes podían llegar a un acuerdo —por supuesto con un gran apartado dedicado a “ganar dinero”— para levantar el bloqueo reforzado que impuso Estados Unidos en los últimos meses y comenzar a construir hoteles-casino como si fueran setas en otoño.
¿Qué ha cambiado? Solo se me ocurre una cosa: Pekín.
Aunque tenemos pocos datos, los que han trascendido del encuentro Xi-Trump son suficientes. Si algo quedó claro es que Taiwán es una línea roja de China. “No toques eso”, le dijo Xi. Y Trump no abrió la boca. De hecho las ventas de armamento comprometidas con Taipei están en el aire, pendientes de una decisión presidencial que no acaba de producirse.
Es lícito entonces especular que quizá lo siguiente llegó en forma de graciosa concesión por parte del presidente chino, reconociendo el área de influencia de Washington: “América es cosa tuya, Donald, (aunque ya veremos lo de las materias primas)”. Pero de momento, el acuerdo está ahí. Si los empresarios que acompañaban a Trump consiguieron sus objetivos comerciales, lo cual es probable, entonces se salvó la papeleta y todos volvieron a casa tan contentos.
Así que volvamos nosotros a Cuba. ¿Cuanto tiempo le queda? Poco. ¿Hablaremos de democracia o derechos humanos? Siguiente pregunta. ¿Habrá invasión militar? No será necesaria. ¿Volverá el suministro eléctrico a la isla? Sí, eso sí. ¿Mejorará la vida de los cubanos? No, como no ha mejorado la de los venezolanos. ¿Cambiará el régimen? No es probable (véase el capítulo correspondiente de ‘Delcy la dulce’). ¿Y entonces? Entonces eso: ganaremos un montón de dinero y los turistas norteamericanos podrán volver a beberse todos los mojitos que quieran en las playas de Varadero y, por supuesto, en el mítico Hotel Nacional, al que ya podríamos ir cambiando el nombre por Trump National Hotel, si todo sale como espera el promotor inmobiliario.
Ya que hablamos de playas y hoteles. ¿Saben cuantos hoteles de empresas españolas funcionan actualmente en Cuba? Más de 50 establecimientos pertenecientes a 10 cadenas: NH (1), Valentí (1), Hotusa (1), H10 (2), Blue Bay (2), Globalía (2), Barceló (2), Roc (3), Iberostar (10) y Meliá (29). Curiosamente, un análisis de Meliá aseguraba hace unos años que “el ‘efecto neutral’ de Trump posibilitaba continuar con la tendencia al crecimiento de viajeros norteamericanos”. Era 2017. Han pasado casi 10 años y Trump no es el mismo. Es incluso peor. Suerte.








