Qué pasó en Ankara? Tardaremos algo en conocer sus efectos. en ver los efectos. Pero la Cumbre de la OTAN, con Erdogan como astuto anfitrión, demostró algo importante: la OTAN no se encuentra en “muerte cerebral” – esa especie de inercia inútil de la que el presidente francés Emmanuel Macron alertó en una entrevista con The Economist en noviembre de 2019.
Más bien la OTAN se encuentra en plena crisis y en el centro del debate: con dudas, fracturas, pasos adelante y atrás. El problema de la organización es que, a diferencia del pasado, a su verdadero “Comandante en Jefe” —el presidente de EE.UU., Donal Trump— no le interesa la Unión Europea (más bien prefiere dividirla o someterla). No cree en la utilidad de una Alianza que no se pliegue estrictamente al “interés nacional” entendido de manera egoísta. El fiasco de la guerra contra Irán y el estrecho de Ormuz es la prueba más reciente. En el fondo, la doctrina de la OTAN es papel mojado frente al America First de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, para la cual queda claro que la OTAN es un mero instrumento al servicio de la hegemonía estadounidense. Esto habrá que tenerlo claro para los años venideros.
Ahora bien, a pesar de la pantomima de Trump, las amenazas (Groenlandia) o los desprecios (insultos ¡a Meloni!, Sánchez, etc), la organización funciona, aunque sea a fuertes trompicones y con un horizonte incierto. La Declaración Final ha arrancado un compromiso sobre la defensa colectiva del Artículo 5 de la Carta, y promesas como la de 70 billones de euros de ayuda a Ucrania por parte de Europa y Canadá. Europa ha “salvado la cara” con su esfuerzo de aumento presupuestario para 2026 por encima del 2% o incluso or encima del 3.5% (Polonia, Alemania). También la España de Sánchez, muy pedagógica acerca de nuestro compromiso de buen aliado, salió muy viva de la Cumbre.
EE.UU. va a continuar en la organización porque la OTAN ha sido desde 1949 y seguirá siendo un gran negocio para EE.UU. Negocio estratégico: para su proyección en Oriente Medio, África, Europa del Este o Asia Central. Negocio económico: para su complejo militar-industrial, que ha visto multiplicarse las ventas de armamento a los europeos para sostener a Ucrania; o las entregas de F35 (a Turquía), satélites, defensa antiaérea/Patriots; licencias para producción en suelo europeo (el alemán Merz se ha ofrecido también); y un largo etcétera. De ahí el Foro de Industria de la Defensa paralelo a la cumbre, acompañado de la plana mayor: los secretarios Marco Rubio o Pete Hegseth, entre otros. Antes de la Cumbre, hubo baile de cifras para sacar pecho. El siempre servicial secretario general Mark Rutte hablaba de 300 billones de dólares acumulados de compra de material a EE.UU. en los últimos años. Mathew Whittaker, embajador estadounidense ante la OTAN, calculaba que la mitad de 120 billones de dólares correspondían a adquisiciones europeas de material a empresas norteamericanas.
Pero además del negocio, hay que tener en cuenta que Trump no es eterno; en unos años, podría llegar otra Administración menos confrontacional con la UE, y con los socios de la Alianza. EEUU no se irá: podemos esperar una “tremenda unidad” en medio del caos, como anunció Trump al final de la cita en Ankara.
Por tanto, deberíamos centrarnos más en otro asunto más preocupante, más allá de la OTAN: que Europa aún no está. No está lista para defenderse sola si las cosas se tuercen mucho. Y además no encuentra el camino aún para unirse en torno a programas concretos de soberanía tecnología y de seguridad propios. Estamos dándole vueltas a cómo avanzar en la independencia europea y reducir vulnerabilidades. Las próximas dos décadas van a consistir en esto, y en saber qué va a pasar con Ucrania (que puede convertirse en un polvorín si no se maneja con cuidado), y claro, con Rusia (si la vamos a reintegrar en la familia euroasiática).
No obstante, hay margen para cierto optimismo. Anuncios sobre nuevas capacidades europeas, como el avión de transporte estratégico Airbus A400M , o la inversión de 50 billones de dólares en drones y nuevo armamento “inteligente”; 30 billones de dólares en conexión de petróleo y gas en el corredor Este; declaraciones previas de soberanía tecnológica de Francia y Alemania; los anuncios de la Comisión Von der Lyen sobre financiación (préstamos SAFE; BEI; eurobonos): todo eso indica que Europa se mueve a impulsos de supervivencia, tras el fiasco reciente del avión europeo de combate FACAS.
En cierto modo, EE.UU. tiene razones para experimentar cierta crisis existencial acerca de su seguridad o sus aliados. Muchas cosas han cambiado después de la guerra fría: la principal es China. Y EEUU tiene ante sí disyuntivas dramáticas. Igualmente Europa: tiene que racionalizar su “Rearme”, dotarle de un equilibrio y un sentido. Para colmo, en Europa asoman posibles gobiernos de ultraderecha en Francia o Alemania en esta década.
Los conflictos de Ucrania, Gaza o Irán, muestran que la naturaleza de la guerra está cambiando. Por los drones, la IA, la desinformación y las nuevas estrategias militares enfocadas en la resiliencia. Ganar una guerra es tan difícil como abordar la reconstrucción material y política posterior. Todo es tan difícil como manejar una organización del siglo XX, desbordada por los acontecimientos del siglo XXI.
