Que entre tanto bombardeo, ataques selectivos, rupturas de memorandos, amenazas de invasión, represalias y vuelta a empezar —hablo de Irán, supongo que se han dado cuenta— parecía que quizá Trump se iba a olvidar de Cuba. Eso sería infravalorarle. No seamos ingenuos.
No, Trump no se olvidó ni se va a olvidar de Cuba. El presidente norteamericano sabe que la presión que empezó a aplicar sobre el régimen castrista meses atrás está funcionando —dicho de paso, mucho mejor que la guerra contra Irán— y no va a aflojar. Eso implicaba problemas —ya lo comentamos en DiplomacyNews: “Olviden Irán: es en Cuba donde vamos a ganar un montón de dinero”—, para las cadenas hoteleras españolas, con más de 30 años de permanencia en la isla.
Y así ha sido. Meliá anunció a principios de junio que dejaba de operar 15 de sus hoteles en Cuba, los pertenecientes al conglomerado militar cubano Gaesa. Y la semana pasada confirmo que abandonaba completamente sus operaciones con otras empresas cubanas, en este caso dependientes del Ministerio de Turismo, como Cubanacan.
No ha sido la empresa de la familia Escarrer la única que ha anunciado su salida de la isla. En realidad, todas las empresas turísticas, españolas o no, que tenían algún tipo de relación empresarial con Gaesa o con otras empresas oficiales del régimen han ido anunciando el cese de sus operaciones, con muy pocas excepciones. Así que con Melía han salido Iberostar, Hotusa, H10 y la mayor parte de la decena de empresas españolas que operaban hasta ahora en la isla.
En España estamos viviendo estos movimientos como “una más de Trump”, pero si analizamos los fríos datos veremos que es completamente lógico que el presidente norteamericano y el lobby cubano de Miami hayan visto la oportunidad de terminar con el problema castrista de una vez. Esta vez el inquilino de la Casa Blanca no va contra España ni lo español. Va contra un régimen cuya caída le garantiza un buen puñado de votos en Florida, entre otras cosas.
La caída de Maduro en Venezuela —más por el efecto sobre la resistencia que pudieran presentar otros prebostes del régimen que por el propio expresidente— restó definitivamente la ayuda energética a la isla y terminó por hundir el mercado turístico cubano. Obviamente, ningún turista se va de vacaciones donde puede encontrar problemas. Y Cuba es ahora un enorme problema, se mire hacia donde se mire, con un turismo en absoluta ruina.
Un par de datos: en 2025, los hoteles de cinco estrellas de Varadero tenían que racionar la fruta, el pan y todos los alimentos que ofrecían a sus clientes, si les quedaban. La llegada de un taxi a estos hoteles podía provocar tumultos, ya que las restricciones de gasolina hacían poco menos que imposible asegurarse el traslado al aeropuerto José Martí. A cambio, la amabilidad del personal no tenía límites, eso hay que agradecerlo. Pero un turista, ademas de por amabilidad, se gasta el dinero por mucho más. Algo que Cuba no puede ofrecer ahora.
No me invento los datos anteriores. Son testimonios de personas que estuvieron en Cuba y que no esperaban la escasez que les describo. No es extraño, por tanto, que el turismo extranjero (local no hay) hacia la isla haya caído desde enero casi un 60%. Un desplome que se añade al de 2025, cuando Cuba sólo recibió 1,8 millones de turistas, cuando justo antes de la pandemia marcaba récord y rozaba los 5 millones.
En esa situación, ¿qué les queda a las cadenas hoteleras españolas en Cuba? Muy poco. Están atrapadas entre dos fuegos: por un lado, las sanciones estadounidenses que pueden afectar a todos sus intereses relacionados con, o en, Estados Unidos; por otro, la más que previsible demanda de las autoridades cubanas, esgrimiendo un incumplimiento de contrato.
Esto último, la posible demanda del régimen cubano, estoy convencido de que preocupa menos a Meliá que las sanciones norteamericanas en virtud de la Ley Helms-Burton. Y no sólo a Meliá, tampoco preocupa a sus inversores como demuestra que la cotización bursátil de la compañía balear subió en bolsa nada más anunciar su salida de la isla.
Más aún. Según los resultados anuales que presentó en febrero, en 2025 Meliá todavía ganó un 23,6%, cuando la crisis turística en Cuba ya era un hecho, empezaba a escasear el combustible y los hoteles se enfrentaban a una falta acuciante de suministros. En resumen, sale justo a tiempo de no incurrir en graves pérdidas.
Y lo mismo ocurre con las demás empresas españolas.
Cierto que el campo queda abierto para las hoteleras norteamericanas que, como las petroleras en Venezuela, van a encontrar un territorio disponible, casi “virgen” y sin competencia. Pero ¿quién dijo que en un futuro no lejano y con otras condiciones las compañías españolas no puedan negociar nuevos acuerdos?
Si algo han demostrado las compañías hoteleras españolas —y no sólo en Cuba, en todo el mundo— es que están entre las mejores. Mi apuesta personal es que volverán a una Cuba distinta y en distintas condiciones. Otra cosa es que el régimen sea tambien distinto. Ya lo vimos en Venezuela.
