La aprobación del nuevo marco europeo de diplomacia científica ha reforzado la importancia de la formación en este ámbito. El Centro de Estudios Internacionales (CEI) de Barcelona impulsa, junto con la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), uno de los pocos programas especializados disponibles en español.
Hablamos con Andrea Noferini, Doctor en Economía por la Università degli Studi di Firenze, Máster en Ciencia Política por la Universitat Pompeu Fabra, profesor de esta universidad y Director Académico del CEI, sobre la creciente importancia de la diplomacia científica, los nuevos perfiles profesionales que demanda este ámbito y los retos de formar a los futuros diplomáticos en un entorno que cada vez está más condicionado por la ciencia y la tecnología.
¿Por qué la diplomacia científica ha adquirido una importancia creciente en la agenda internacional durante los últimos años?
La diplomacia científica no es un fenómeno nuevo, aunque lo parezca. La cooperación científica internacional ha acompañado históricamente a las relaciones entre Estados y ha contribuido a construir confianza incluso en momentos de elevada tensión política. Lo que ha cambiado es el lugar que ocupa la ciencia en la agenda internacional.
En la actualidad, la ciencia y la tecnología se han convertido en factores determinantes de la competitividad económica, la seguridad y la influencia internacional. La pandemia de la COVID-19 evidenció la importancia de integrar el conocimiento científico en la toma de decisiones, mientras que la aceleración de la inteligencia artificial, la transición energética o la creciente competencia tecnológica entre Estados Unidos y China han situado la innovación en el centro de la geopolítica.
La Unión Europea ha respondido a esta transformación incorporándola como un elemento estratégico de su acción exterior y de su política de investigación e innovación. Tanto la aprobación del European Framework for Science Diplomacy como los informes Draghi y Letta coinciden en que Europa necesita reforzar su inversión en ciencia, tecnología e innovación para mantener su competitividad, reducir dependencias estratégicas y afrontar grandes retos globales.
La diplomacia científica es una herramienta transversal de la acción exterior. Durante mucho tiempo se entendió sobre todo como una forma de facilitar la colaboración entre investigadores de distintos países. Hoy, la ciencia ayuda a orientar decisiones públicas, fortalecer relaciones internacionales y reforzar la posición de los países en el escenario global.
¿Cómo se ha adaptado el CEI a las transformaciones que ha experimentado la acción exterior durante las últimas décadas?
Durante más de cuatro décadas, el CEI ha acompañado la evolución de la acción exterior española formando diplomáticos, especialistas en relaciones internacionales y profesionales vinculados a la cooperación y las instituciones internacionales. Hoy día sigue teniendo la misma función, aunque el contexto internacional ha cambiado mucho.
La diplomacia del siglo XXI ya no depende exclusivamente de las embajadas, los ministerios de Exteriores y los gobiernos nacionales. Los grandes desafíos globales —el cambio climático, la salud global, la inteligencia artificial, la transición energética o la seguridad tecnológica— requieren la participación de universidades, centros de investigación, empresas, gobiernos regionales y ciudades, junto con los actores tradicionales de la política exterior. Esa evolución ha llevado al CEI a ampliar progresivamente su oferta formativa con nuevas áreas como la diplomacia científica, la gobernanza global y la internacionalización de instituciones y territorios.
¿Qué necesidades detectaron que justificaban la creación de un programa especializado y qué perfiles están demandando actualmente este tipo de formación?
Mientras la diplomacia científica gana protagonismo en las agendas internacionales, la oferta formativa sigue siendo muy limitada, especialmente en España y en el ámbito iberoamericano. Existe una amplia formación para científicos y otra para diplomáticos, pero todavía son escasos los espacios donde ambos perfiles aprenden a trabajar juntos y a comprender sus respectivos lenguajes, tiempos y formas de actuación.
El programa desarrollado conjuntamente por el CEI International Affairs y la Organización de Estados Iberoamericanos, nació para responder a esta necesidad. Más que formar especialistas en un ámbito concreto, el objetivo es construir una comunidad de práctica capaz de integrar el conocimiento científico en la acción exterior, las políticas públicas y la cooperación internacional. El programa combina fundamentos conceptuales con el análisis de casos reales y la participación de diplomáticos, investigadores y responsables institucionales de distintos países iberoamericanos.
El perfil de los participantes refleja precisamente el carácter transversal de la diplomacia científica. Junto a miembros de servicios diplomáticos, otros ministerios y administraciones públicas encontramos investigadores, gestores universitarios, responsables de oficinas de proyectos internacionales, agencias de innovación, organismos de cooperación y profesionales del sector tecnológico. Aunque proceden de ámbitos muy diferentes, todos buscan comprender mejor la relación entre ciencia, diplomacia y cooperación internacional.
¿Qué capacidades considera hoy imprescindibles para los profesionales de la acción exterior?
El trabajo diplomático siempre ha requerido capacidad de negociación, conocimiento del derecho internacional y una comprensión sólida del contexto geopolítico. Estas competencias continúan siendo esenciales, aunque hoy se aplican en un entorno mucho más complejo.
Buena parte de los grandes retos internacionales poseen hoy una dimensión científica y tecnológica. Los diplomáticos deben ser capaces de interactuar con comunidades científicas, interpretar evidencias técnicas y trasladarlas al ámbito de la toma de decisiones. Al mismo tiempo, estos desafíos requieren trabajar con actores muy diversos y coordinar intereses y capacidades procedentes de distintos ámbitos.
Por ello, además de preparar excelentes negociadores, formar diplomáticos hoy significa formar profesionales capaces de conectar la ciencia con la política pública, de trabajar en redes internacionales de conocimiento y de desenvolverse eficazmente en entornos multidisciplinares.
A partir de los casos que analizan en la formación, ¿qué características suelen compartir las iniciativas de diplomacia científica que han demostrado ser más eficaces?
Las iniciativas de diplomacia científica más exitosas nacen para dar respuesta a desafíos que ningún país puede afrontar por sí solo. Retos como el cambio climático, las pandemias o la seguridad alimentaria requieren cooperación internacional sostenida y mecanismos de confianza entre gobiernos, comunidad científica y sociedad.
La diplomacia científica sirve también para fortalecer el diálogo internacional. Los científicos suelen colaborar con facilidad porque comparten estándares metodológicos, mecanismos de evaluación por pares (la revisión de los resultados por otros expertos) y prácticas internacionales de intercambio de conocimiento. La cooperación entre ellos suele mantenerse incluso en contextos de tensión política y contribuye a preservar canales de comunicación cuando otras vías diplomáticas atraviesan momentos de dificultad.
Sin embargo, para que esta cooperación tenga un impacto real es necesario superar una visión exclusivamente estatal de la diplomacia. La diplomacia científica es, por naturaleza, una diplomacia multinivel y multiactor, en la que participan instituciones de muy diversa naturaleza.
Desde el CEI entendemos que este será uno de los grandes ámbitos de desarrollo de la acción exterior durante la próxima década. Formar profesionales capaces de conectar ciencia, política e instituciones internacionales significa preparar a una nueva generación de líderes para afrontar un escenario internacional cada vez más complejo.








